La soledad de la decisión

Estaba en la estación sola, recién llegaba de la ciudad y el viaje había sido cansado y largo. Su rostro revelaba el insomnio de noches incontables, sus manos temblaban y sus rodillas parecían querer fallarle.

No había dormido nada la noche anterior pero no se sentía cansada. ¿Cómo podía estarlo con todo lo que tenía en la cabeza? Miró alrededor con la esperanza de no ver ninguna cara conocida, quiso huir pero sus pies se mantuvieron firmes en el asfalto.

Al menos eso pensó para sí misma. Había alcanzado el punto en que sus emociones no tenían el control total. Ella sabía que aquello era lo correcto, que debía permanecer allí y esperar y luego de enfrentar la situación, no mirar atrás.

¡Pero qué difícil!

Incluso cuando todas las células de su cuerpo gritaban que la decisión correcta había sido tomada, algunas conexiones neuronales discrepaban  y lanzaban millones de otras posibilidades, otros mundos dónde ella podía huir y seguir haciendo lo de siempre: no decidir y dejar las puertas entreabiertas, sólo por si acaso.

Hacía calor pero seguía helada y temblando. Y entonces la vio…. caminaba despacio y mirándola con esos ojos entrecerrados, con esa mirada de anhelo que la derretía.

De pronto y por un segundo recordó todas aquellas veces en las que ella la había mirado así: la primera vez que le dijo te amo, antes del beso mañanero y del desayuno, cuando no se veían por semanas y ella la iba a buscar a la terminal….

De pronto todas y cada una de sus defensas se derrumbaron.

Hola ¿Qué tal el viaje? susurró Julia en su oído al abrazarla.

Su calor cesó los temblores, cesó el bullicio en su cabeza. Su cuerpo entero quedó en silencio. Y las mariposas se apoderaron de su vientre.

Bien, un poco cansado en realidad.

Se separaron en un segundo incómodo hasta que Julia mencionó lo del café prometido.

Estaba esperando alguna señal en su cerebro, algún plan de escape, las palabras que había ensayado tanto para ese momento.

Pero todo dentro de ella era silencio.

Estaba sola.

Una noche de tantas.

Estaba en casa al fin, después de tanto quejarse por meses enteros de lo poco que veía a su familia,  allí estaba sana y salva en la comodidad de su hogar.

No tenía que preocuparse por qué comería en la merienda o si tenía que dejar la cocina limpia antes de irse a la cama. Su madre le había proporcionado todos los abrazos que pudo querer en la semana y los comentarios de su padre y hermanos le habían sacado más de una sonrisa en las largas sobremesas.

Pero en ese preciso momento ella quería estar en otro lugar. Si, no habían pasado ni 24 horas y ya quería irse.

Poco tenía que ver con la compañía de sus seres queridos: los amaba tanto como siempre los había amado. Algo en ella sólo quería correr, largarse de allí…

Le faltaba la respiración ahí, acostada en su cama como estaba. Se sentó, se levantó e incluso caminó por la habitación. Nada parecía calmar su ansiedad. Al final se echó al suelo y contempló el blanco techo. Respiraba entrecortadamente.

Dolía, como si la estuvieran apuñalando.

De hecho, sentía tanto dolor que sólo deseaba que algo le cayera encima, que la atropellara un auto, que la partiera un rayo… Quería correr, irse, pero estaba presa en aquellas paredes color cielo.

Presa de la fortaleza que era su casa, presa de su propio cuerpo, de su cerebro que no parecía callarse, que escupía 100 pensamientos pos segundo.

Ni siquiera podía llorar para aliviar la angustia.

Estando allí en el suelo le llegó el sonido de una canción de rock conocida, poco después escuchó las risa de los vecinos y sus invitados. Todos cantaban con una sola voz y chocaban sus vasos, celebraban. Oía la felicidad retumbando en sus paredes, envolviéndola sin tocarla, como si le coqueteara.

Deseó ser parte de aquel grupo… ¡se escuchaban tan felices! Conectando entre ellos, comiendo, bebiendo, sentados (probablemente) escuchando la música que querían…

Y de pronto sólo quiso ser otra, tener otra  vida, otras amistades… Quiso realmente haberse quedado…¡tantas cosas serían diferentes!

Se imaginó por un instante lo que sería no estar dividida en medio de dos mundos, como sería tener una relación amorosa normal, sin distancias molestas, con tiempo para las amistades comunes, con salidas a comer y a beber…¡con personas diferentes y gustos parecidos!

De pronto sintió que se hundía en la cerámica, sintió como el peso del universo entero la aplastara. Otra vez se quedó sin respiración, sentía como si estuviera en el fondo del mar…

Su cerebro iba a mil por hora y parecía que su cabeza estallaría en pedacitos en cualquier momento. Se arrastró hacia la cama y decidió que tendría que dormir: últimamente dormía mucho y soñaba. Y mientras estaba dormida no se angustiaba, todo era paz.

11/2016

Quiero llegar a vieja contigo

Quiero llegar a vieja contigo. Que peleemos por quién dejó la puerta abierta. Que durmamos en nuestros lados de la cama ya sin abrazarnos porque hace calor. Quiero que me veas desnuda a los 70 años y ver con diversión como tu amigo intenta levantarse. Que me digas que me veo hermosa y que yo te diga que no es así por millonésima vez.

Que intentemos hacer el amor como lo hacíamos a los 20. Que nos duela el cuerpo y nos rindamos.

Quiero conversar contigo sobre lo mal que va el mundo, y como nuestros hijos nos fastidian con tantas visitas. Quiero viajar de tu mano, besarnos lujuriosamente en algún parque de Europa, tomarnos fotos, comer algo indebido y luego quejarnos de nuestros achaques.

Quisiera pensar que no pasará, pero quisiera extrañarte cuando la muerte te lleve si te vas antes que yo. Quiero recordar nuestra vida y llorar, ver nuestras fotos y morirme de risa. Quiero dormirme todos los días y despertar estando cansada de vivir sin ti, sin tus ronquidos, sin tu mal aliento mañanero.

Quiero hablarle a todos de ti, de lo poco que te veía, de lo mucho que odiabas el aguacate, y de lo mucho que amabas el billar. Quiero  ir a tu tumba y dejarte flores, hablar con la lápida e irme.

Quiero recuerdos de una vida contigo, quiero morirme al final satisfecha, sabiendo que me hiciste feliz y que te hice dichoso, que vivimos lo que debíamos vivir.

Mi caminata

Mi caminata

En el atardecer anterior a mi cumpleaños número 23 decidí emprender una caminata por la playa en la compañía amena de mis pensamientos. Sólo faltaba una hora para que el sol se hundiera en la inmensidad del océano Pacífico y mi plan era llegar hasta el otro extremo de la extensa planicie arenosa.

¿La meta? Una formación rocosa gigantesca llena de árboles y solitaria, enfrentada a la fuerza del golpeteo constante de las olas. Calculo ahora que estaría a unos 3 kilómetros de dónde empecé.

Iba escuchando música, concentrada en cada uno de mis pasos y en las melodías. Mi mente en blanco al principio, luego concentrada en hacerle promesas a mi cuerpo adolorido y cansado para poder llegar a dónde me propuse inicialmente.

El lugar estaba espantosamente desierto, pero no tuve miedo. Yo sólo quería llegar, cumplir una promesa a mi misma, sentir que hacía algo especial por mi día especial, a pesar de que no tuviera tiempo de hacerlo en el día real, según la tradición en la cuál crecí.

Después de lo que me pareció una eternidad, llegué a unos 100 metros de la meta y me senté en la arena para contemplar el atardecer que tanto quería atesorar. No me importó no llegar: no me iba a perder la vista hermosa del sol muriendo en el mar.

Y lo vi refugiarse en las agitadas aguas. Y con la muerte del día 18 y el comienzo del día 19 (de acuerdo a alguna tradición judía) quise que todo comenzara de nuevo. Algo nuevo empezara en mí y se llevara todo lo acontecido los meses anteriores.

Prometí sólo una cosa al atardecer….

Amarme más que a nada en este mundo.

 

Escoge la vida

 Escoge vivir.

Escoge una meta, un sueño, un pasatiempo.
Permítete ilusionarte y ser desilusionado.
Que te golpeen y levantarte a seguir luchando.
Escoge vivir, no te rindas.

Escoge estar triste y sonreír.
Ganar y perder.
Aferrarte y dejar ir.
Escoge descansar o correr.
Haz algo con tu tiempo.

Decide estar sano.
Escógete y eventualmente escoge a otros.
No estás solo. Y aunque lo estés, no es el fin del mundo.
Decide vivir.

El tiempo es limitado.
No hay cielo o infierno, todo lo que tienes está aquí y ahora.

Decídete por la vida.

Hoy, mañana…siempre.

Nada de lo que te esté pasando en este momento vale tanto como para que te hagas daño. Muchas veces nos encontramos con situaciones en las que parece que no tenemos salida. Pero, ahí está…justo a tu lado sólo que no puedes verla. Mientras haya vida hay caminos, hay cambio, hay soluciones.

Nadie sabe con exactitud qué pasa después de que nuestro cuerpo deja de funcionar. Pero hoy estás despierto. No necesitas ser perfecto sólo ser humano.

La vida no es fácil. Lo sé, el mundo hoy en día es un lugar muy incómodo, pero también muy bello. Escoge ser fuerte, escoge equivocarte. Decide vivir.

 

Las compras de fin de año

Hoy salí con mi familia a hacerlas las compras de fin de año y la vi. No me quedé mirando mucho tiempo, a los pocos segundos moví mis ojos y seguí con la conversación cotidiana con mi mujer. Pero aunque en la superficie supe disimularlo, dentro de mí algo se detuvo.

Ciertamente mi corazón se saltó un latido.

Estaba acompañada de su padre, vestía un vestido corto blanco con un puñado de rosas de colores. Se veía incómoda, como siempre. Se veía hermosa con sus ondas castañas  cayendo por su espalda.

Estábamos en el mismo espacio, después de tantos años de nuestro último encuentro, sin embargo ella no me vio. Al cabo de un rato que me separé de mi esposa pude encontrar ángulos adecuados para observarla detenidamente.

Estaba tal y como en mis más profundos recuerdos: joven y llena de vida, con su caminar acelerado y nervioso, con esas gafas de marco grueso y esa mirada curiosa. Me permití a mí mismo contemplar su belleza sin ser visto.

¡Cómo me emocionó sentirla cerca! Hacía tiempo que no me sentía tan inquieto, tan a la expectativa. La seguí con cuidado por varios minutos, siempre cuidándome de no ser advertido por ella, no quería perturbar su aparente calma mientras comparaba precios metida entre los estantes.

¡Cuántos deseos sentí de abrazarla en aquellos minutos preciosos! De ser parte de su vida… me dejé llevar sólo por esa ocasión y mis sentimientos afloraron por un rato, llenándome de emoción y nostalgia.

La miré hablar con su padre, mirar a las personas con desprecio, como si no quisiera haber salido de casa y encontrarse tan rodeada de desconocidos que bloqueaban su camino. ¡Tan típico de ella!

Siempre tan tímida, siempre corriendo…

Al final se rompió el hechizo y tuve que volver a la realidad que construí sin ella. A mi esposa y a mi hijo que esperaban en algún pasillo. Tuve que volver a encerrar aquellos sentimientos no correspondidos, imposibles. Aquella historia inconclusa y a la vez terminada.

La vi irse con las fundas de la compra, apurada, fastidiada…

¿Me pregunto que habría hecho si me hubiese descubierto?

La conozco tan bien que sé que se hubiera asustado y hubiera caminado hacia el lado opuesto. Sé que se habría emocionado como yo, sin embargo habría apurado aún más el paso para poner tanta distancia como fuera posible de mí.

Incluso me atrevo a pensar que ella también sintió mi presencia. Puedo afirmar que secretamente me evita cada vez que sale de la fortaleza que es su hogar. Es capaz de sentirme como yo la siento, estoy seguro.

Pero nada de eso importa.

La vida nos reunió una vez y todo se enredó de tal manera que yo terminé casado y ella a cientos de kilómetros.

Me digo a mi mismo que nada hubiera ocurrido diferente, que simplemente no se pudo en esta vida.

Al final me marché del lugar cargado de compras y con una falsa expresión de molestia. Mi esposa sabe cuánto odio las compras en las festividades, sin embargo dentro de mí una sonrisa luchaba por salir a la luz.

La vi hoy después de tantos años y eso le gana a cualquier disgusto de fin de año.

La vi con su vestido de flores y su caminar acelerado y juro que en alguna parte de su mente ella me vio también.

 

Perfección

En la época en que estamos viviendo todo es demasiado demandante. Quiero decir ¿por qué estamos buscando siempre la perfección? En el físico, en la académico, en lo espiritual, en lo material… Es cansado y desgasta mucho.

¿Por qué nos atormentamos tanto cuando nos damos cuenta que en realidad somos seres terriblemente imperfectos?

¿Es acaso mediocridad el aceptar que vamos a fallar, que no siempre vamos a dar el 100% de nuestra capacidad?

Somos seres cambiantes, cada día aprendemos algo nuevo (seamos conscientes o no de ello) no podemos controlar la totalidad de nuestros pensamientos, miedos, compulsiones y obsesiones… es natural que cometamos errores, ¿por qué es tan difícil de comprender?

Muchas veces mi mente no está al mismo ritmo que mi cuerpo. No sé explicarlo bien pero hay algún tipo de desconexión entre la parte de mi cerebro que crea ideas, planea tareas y piensa proyectos y la parte ejecutora. Simplemente la primera va a la velocidad de la luz muchas veces y no puedo seguirle el ritmo. Es como si dentro de mí hubiera una mujer altamente productiva, activa y en control y en el otro extremo una lenta, poco motivada y perezosa… ¡Y eso puede ser muy frustrante!

Porque me ataco cuando no alcanzo sus altas expectativas, no puedo concebir el hecho de no dar todo de mí, inconscientemente aborrezco el fracaso.

Y comienza el círculo vicioso de miseria, en el cual soy más improductiva aún: aquí es cuando afianzo esos pensamientos fantasmas de inutilidad que se esconden en algún rincón de mi cerebro.

Pero es que ¡voy a fallar!. Voy a ser perezosa, voy a sentarme una tarde a simplemente perder el tiempo y descansar…Va a pasar y si lo sé ¿por qué sigue molestándome?

Quiero echarle la culpa a las redes sociales, que convierten a las personas en muñecos perfectos y felices que comparten con el mundo la infinita buena suerte y éxito que les acompaña. A los padres, por sus abrumadoras expectativas de éxito para todos nosotros. A la sociedad, que sigue prefiriendo “lo bonito”, “lo más comercial”, “lo que gusta a todo el mundo”… Y podría seguir, pero prefiero sentarme un rato y reflexionar…

Es hora de hacer un pacto entre estas dos entidades en conflicto: la hiperactiva y la perezosa, una especie de acuerdo en el que se me permite algún margen de error. En la que no tenga que ser parte de aquellos que creen que el fracaso no es aceptable, que no sirve para nada. Algo que me ayude a verme más como el ser ridículamente imperfecto que soy y que eso está bien y seguir adelante.