Mi caminata

Mi caminata

En el atardecer anterior a mi cumpleaños número 23 decidí emprender una caminata por la playa en la compañía amena de mis pensamientos. Sólo faltaba una hora para que el sol se hundiera en la inmensidad del océano Pacífico y mi plan era llegar hasta el otro extremo de la extensa planicie arenosa.

¿La meta? Una formación rocosa gigantesca llena de árboles y solitaria, enfrentada a la fuerza del golpeteo constante de las olas. Calculo ahora que estaría a unos 3 kilómetros de dónde empecé.

Iba escuchando música, concentrada en cada uno de mis pasos y en las melodías. Mi mente en blanco al principio, luego concentrada en hacerle promesas a mi cuerpo adolorido y cansado para poder llegar a dónde me propuse inicialmente.

El lugar estaba espantosamente desierto, pero no tuve miedo. Yo sólo quería llegar, cumplir una promesa a mi misma, sentir que hacía algo especial por mi día especial, a pesar de que no tuviera tiempo de hacerlo en el día real, según la tradición en la cuál crecí.

Después de lo que me pareció una eternidad, llegué a unos 100 metros de la meta y me senté en la arena para contemplar el atardecer que tanto quería atesorar. No me importó no llegar: no me iba a perder la vista hermosa del sol muriendo en el mar.

Y lo vi refugiarse en las agitadas aguas. Y con la muerte del día 18 y el comienzo del día 19 (de acuerdo a alguna tradición judía) quise que todo comenzara de nuevo. Algo nuevo empezara en mí y se llevara todo lo acontecido los meses anteriores.

Prometí sólo una cosa al atardecer….

Amarme más que a nada en este mundo.

 

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