La soledad de la decisión

Estaba en la estación sola, recién llegaba de la ciudad y el viaje había sido cansado y largo. Su rostro revelaba el insomnio de noches incontables, sus manos temblaban y sus rodillas parecían querer fallarle.

No había dormido nada la noche anterior pero no se sentía cansada. ¿Cómo podía estarlo con todo lo que tenía en la cabeza? Miró alrededor con la esperanza de no ver ninguna cara conocida, quiso huir pero sus pies se mantuvieron firmes en el asfalto.

Al menos eso pensó para sí misma. Había alcanzado el punto en que sus emociones no tenían el control total. Ella sabía que aquello era lo correcto, que debía permanecer allí y esperar y luego de enfrentar la situación, no mirar atrás.

¡Pero qué difícil!

Incluso cuando todas las células de su cuerpo gritaban que la decisión correcta había sido tomada, algunas conexiones neuronales discrepaban  y lanzaban millones de otras posibilidades, otros mundos dónde ella podía huir y seguir haciendo lo de siempre: no decidir y dejar las puertas entreabiertas, sólo por si acaso.

Hacía calor pero seguía helada y temblando. Y entonces la vio…. caminaba despacio y mirándola con esos ojos entrecerrados, con esa mirada de anhelo que la derretía.

De pronto y por un segundo recordó todas aquellas veces en las que ella la había mirado así: la primera vez que le dijo te amo, antes del beso mañanero y del desayuno, cuando no se veían por semanas y ella la iba a buscar a la terminal….

De pronto todas y cada una de sus defensas se derrumbaron.

Hola ¿Qué tal el viaje? susurró Julia en su oído al abrazarla.

Su calor cesó los temblores, cesó el bullicio en su cabeza. Su cuerpo entero quedó en silencio. Y las mariposas se apoderaron de su vientre.

Bien, un poco cansado en realidad.

Se separaron en un segundo incómodo hasta que Julia mencionó lo del café prometido.

Estaba esperando alguna señal en su cerebro, algún plan de escape, las palabras que había ensayado tanto para ese momento.

Pero todo dentro de ella era silencio.

Estaba sola.