Miseria: día 1

Mientras caminaba por los pasillos de la facultad, Hugo se preguntó si realmente quería estar allí. Caminaba cabizbajo, intentando no pensar, no recordar, ser invisible, pero todo lo anterior era inútil, estaba respirando y por lo tanto su cerebro estaba vivo y funcionante y mientras eso siguiera pasando seguiría sumido en la más terrible miseria.

¿Tenía que estar allí? Era su obligación, después de todo no podía seguir faltando. La gente preguntaría y Hugo odiaría tener que hablar de ello con alguna otra alma. Podría darse media vuelta y volver a la comodidad de su cama a dormir, porque dormido seguramente no sentiría angustia, si tan solo pudiese dormir. Se sentía cansado y aun así sus pies seguían caminando en dirección a su clase de Ética.

No tenía ganas de existir, eso lo resumía todo y se traducía en su mala postura y mirada errante. Una fuerza lo jalaba, sin duda un instinto de supervivencia en lo profundo de su consciencia tenía la certeza de que asistir a la Universidad era la mejor opción para no terminar consumido dentro de las cuatro paredes de su habitación.

Cuando se vio rodeado de personas tuvo que ponerse la máscara de la fría cordialidad y casi se sintió aliviado al oír la plática común de sus compañeros hasta que la vio y todo lo demás lo golpeó de nuevo.

Estaba sentada a lado de sus dos mejores amigos, parecía perdida en la conversación. ¡Dios qué hermosa era a pesar de sus ojeras inflamadas y sus ojos irritados! Aquella visión se sintió como una patada en el estómago e intentó no mirarla demasiado, su imagen le dolía como agujas intentando salir al exterior desde lo  más profundo de su piel.

Sus ojos se encontraron un segundo y él se acercó a saludarla: su saludo fue tan amable que lo sintió como una puñalada en el costado.

Empezó la clase y quiso concentrarse en las palabras del maestro pero no pudo, buscó refugio en Instagram pero no había nada nuevo, nada lo suficientemente interesante como para sacarlo de su estado de desgracia, entonces empezó a temblar, su cuerpo ya no estaba manejando bien el estrés, sintió arder sus ojos y la necesidad de salir corriendo de allí e ir a algún lugar desolado a gritar, a llorar. Y luchó como pudo por contenerlo todo, por no quebrarse allí.

Podía olerla desde donde estaba sentado. Se había sentado delante de él pero miles de km la separaban de sus brazos.  Se concentró en la forma de su cabello rojizo, se perdió unos segundos en esas ondas de las que tanto renegaba, aquellas que a él le gustaban tanto y en un momento de locura casi la tocó pero se detuvo justo a tiempo.  No podía, no cuando sabía que eso la pondría incómoda. No podía decirle nada más, no tenía palabras para expresar lo arrepentido que estaba. No tenía cara para decirle cuánto la amaba y lo hermosa que se veía.

La culpa lo estaba comiendo lentamente y quiso lo impensable. Quiso estar muerto y fantaseó con la idea mórbida del suicidio por unos segundos. De todos modos, ya se sentía como un cadáver.

Pero el instinto de supervivencia tomó el control de nuevo y le recordó los pasos a seguir, la meta, lo importante. Y volvió a oír la explicación del docente, charló mecánicamente con sus compañeros y siguió adelante fingiendo que su vida no se estaba cayendo a pedazos.

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