Festividades

Las luces del árbol de Navidad en la esquina de la sala cambiaban constantemente, era hipnotizante la manera en la que saltaban de rojo a verde, de verde a azul, de azul a naranja; en diferentes direcciones, rápida y lentamente. No tenía ni idea por qué seguía mirando la danza de  luces, pero no podía dejar de hacerlo.

Tal vez era solo una excusa, sin embargo sentía su cuerpo pesado, rígido, reacio al movimiento. En el fondo querría moverse, levantarse del sofá, caminar hacia la puerta, atravesar los cuarenta metros de patio hacia las risas en la casa vecina. En vez de eso se quedó allí, absorto en el árbol, limitándose a escuchar el ruido de las carcajadas, de las sillas siendo arrastradas, el sonido de los cubiertos y platos, los fragmentos de conversación…

Era su familia, con la cual había crecido y celebrado tantas fiestas de bienvenida, de despedida, de cumpleaños, las cenas de Navidad y fin de año.  Pero su cuerpo no quería colaborar.

Estaba consciente de la ansiedad creciendo dentro de él, sabía que era el peso que lo mantenía fijo en su sitio.

Se justificó consigo mismo por no estar allí: la hipocresía de algunos, lo poco que ya compartía con ellos, las preguntas incómodas,  la irrelevancia de su presencia…  pero su cerebro no se chupó el dedo y aunque escuchó aquellas razones las desechó casi de inmediato. Luego pensó en excusas para los demás: cansancio, muchas cosas pendientes antes de volver a la universidad, la gripe que lo estaba matando… palabras inútiles sin oídos para escucharlas o personas para creerlas.  Sin embargo, pensó, siempre hay que estar preparado para las inquisiciones de una  abuela preocupada.

En el fondo había una voz que le gritaba, que le decía que tenía que hacerlo, que tenía que ir y ser sociable, que si no lo hacía no tendría derecho a criticar el distanciamiento de los demás, que era su deber, que si no cómo podrían saber lo mucho que lo hacía feliz que estén allí de visita.

Nada, seguía sin poder moverse.

Así pasaron los minutos, hasta que pudo encontrar refugio fácil en la frivolidad de su celular, mirando fotos de conocidos y desconocidos, distrayéndose de las voces en su interior que seguían gritándole que era un cobarde y que todo se estaba yendo  a la mierda y él no era parte del buen cambio. Hasta que se hizo tarde y tuvo que ir a la cama. Se sentía  aliviado y estresado al mismo tiempo, si eso puede ser posible. Se había distraído lo suficiente como para concluir que había hecho bien en no ir pero su parte racional sabía que se había perdido de experiencias y seguramente  mañana  se arrepentiría.

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