Desaparición (fragmento)

El sol estaba en lo más alto del cielo y su calor le azotaba cada parte del cuerpo. Cabalgaba solo, hace rato se había alejado de la tropa desorientada del rey. Todo lo que podía oír era el ruido de los cascos de su caballo que golpeaban la tierra del camino que llevaba hacia la inmensidad del valle lejos de los muros del castillo. Su corcel era uno de los mejores de su padre: grande, musculoso, café como el suelo fértil de los campos y tan bravo como sus ancestros.

No quería oír nada más, ni siquiera sus propios pensamientos.

De hecho eso era lo que menos quería escuchar.

Los gritos de la culpa se escapaban de su cabeza: los sentía en el pecho como un peso y la
sensación viajaba con rapidez hacia sus extremidades, acercándose cada vez más a sus dedos fuertemente aferrados a las riendas.

Sus ojos se fijaban al paisaje, escudriñándolo todo, sin dejar espacio alguno sin revisar.

Pronto entró a un bosquecillo, dio algunas vueltas e instantáneamente sintió la brisa recorrer sus rizos castaños. La culpa había llegado hacia sus dedos y ahora hormigueaban. Seguía mirando cada rincón, buscaba rastros, olía la brisa en busca de cenizas recientes.

Nada.

Había pasado muchas horas ociosas de la niñez jugando en aquella arboleda, por tanto conocía su geografía de memoria, lo que facilitó en parte la exploración. La certeza de que nada se le había escapado no lograba tranquilizarlo, todo lo contrario, lo llenaba de impotencia y frustración. Paradójicamente su rostro lucía sereno, totalmente inexpresivo a pesar del conflicto que bullía en su interior, todo gracias a años de lecciones de etiqueta y protocolo.

Pronto escuchó que alguien le llamaba mas no estaba dispuesto a volver con la tropa aún, no confiaba en la búsqueda de sus soldados, no porque cuestionara su competencia sino porque al no tener la misma motivación que él tal vez habrían dejado pasar alguna pista. Tendría que cabalgar las zonas que les había asignado para estar seguro.

Pero primero debía seguir a su instinto.

Cuando salió del bosque, varios kilómetros después, sintió una punzada de incomodidad. Nunca había llegado tan lejos en sus aventuras infantiles. El calor húmedo y la tierra árida le dieron la bienvenida. Se detuvo un momento para darle un respiro a su corcel y mirar los alrededores.

No había nada que obstaculizara su visión, podía ver la línea del horizonte a lo lejos y la extensión de la planicie arenosa en la que se encontraba. No importaba lo inhóspito del paraje, no pararía hasta la primera mitad de la tarde. Luego de eso se reuniría con la tropa por puro compromiso. Preferiría seguir sólo y habría sido así si no fuera por las órdenes del rey.

Al menos por ahora debía mantenerlo tranquilo. Pero el caballero sabía que no sería por mucho tiempo, su naturaleza rebelde pronto saldría a la superficie, ignorando la educación recibida, faltaba poco para que su paciencia se colmara y empezara a desobedecer.

Siguió cabalgando rumbo a la nada por un rato, en busca de alguna huella, un rastro… Sólo encontró arena siendo barrida por un viento que no refrescaba, pero eso no iba a desanimarlo, había mucho en juego como para rendirse. Tarde o temprano encontraría algo, más temprano que tarde, esperaba, una pista que le llevaría a encontrarla.

Se lo debía a sí mismo.

Y a ella.

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El último adiós de Roberto (intento # 500).

Roberto estaba paralizado mirando al mensaje en la pantalla de su computador. Sus manos empezaron a temblar, después todo su cuerpo. Sentía el pecho frío y las mejillas calientes. Pronto saldrían las lágrimas. Tragó el nudo que tenía en la garganta cuando se dio cuenta que ella estaba detrás de él.

No puedo creer que sigas afectándome de esta manera– susurró Roberto volteándose para enfrentarla, cabizbajo, para que no lo viera llorar-

La mujer que tenía delante no poseía una belleza exuberante: era pálida, de cabello negro, lacio y corto, labios carnosos y rosáceos, estatura media y contextura ancha. Sin embargo eran sus ojos café oscuro, profundos y misteriosos, los que le daban cierto atractivo. Se encontraba de pie frente a un visiblemente atormentado Roberto, quien permanecía sentado en la silla de su escritorio frente a ella.

Ya no me conoces ¿sabes?-dijo de repente forzándose a mirar aquellos ojos inquisidores-he cambiado, te guste o no. No puedes venir a decirme qué está bien o mal conmigo y con mis decisiones- su voz parecía a punto de quebrarse, las lágrimas caían por su rostro- ¿Qué pretendes? ¿Qué es lo que quieres de mí?…

¿Por qué sigues apareciendo en mi vida? Nunca te escogí y nunca lo haré. He seguido adelante, he tenido éxito y he fracasado en lo que yo he  querido… No entiendo sinceramente por qué me hiere lo que me digas– hablaba sin pausas por miedo a que si paraba no se atreviera a decir lo que pensaba-No importa cuántas veces me repitas que me amas, no esperes que te lo diga de vuelta y sea sincero. Tú no eres la mujer de mi vida y no existe hilo rojo alguno que justifique tu insistencia.

Te amé en un tiempo que ya no recuerdo… Hoy no te amo y honestamente no sé qué haces aquí – la mujer permanecía casi inmóvil sin apartar la mirada de su ex novio-.

Roberto inhaló y exhaló con fuerza, se llevó las manos a la cara y secó sus lágrimas. Sus ojos  volvieron a mirar el suelo, tenía una guerra en la cabeza que no podía expresar con palabras. Apretó con fuerza los puños  y decidió que de alguna manera tenía que sacar el veneno que lo estaba matando desde dentro.

“Te has convertido en una de las voces enemigas en mi cabeza. Eres esa parte despreciable de mí que aparece cada vez que cometo un error, cuando algo no me sale bien… y me hundes. Sin embargo, como el enfermo que soy a veces te pienso voluntariamente, me preguntó cómo estarás, si todo te está yendo como quieres, si eres feliz… y siempre te deseo lo mejor desde el fondo de mi corazón.

A veces voy más allá y me pongo a pensar en universos alternos dónde sí estamos juntos. Sí, si de algo soy culpable es de fantasear contigo de esa manera, pero siempre llego a la misma conclusión: no soy yo quién está allí siendo feliz a tu lado, es definitivamente otra persona. Una persona que hizo sacrificios, que renunció a sus propias metas, alguien que te ama tanto que se dio al 100%… Y yo por ti nunca lo hice en la vida real y no es que no lo pensara, simplemente pensé más en mí.

Estoy cansado de que cada vez que volvemos a hablar insinúes que voy por el mal camino, que me he convertido en algo oscuro. Porque activas mis inseguridades y recuerdo las tantas veces que me has hecho creer que mi vida es una mentira… Suficiente tengo conmigo y mis miedos.

Este soy yo, bien o mal. Responsable de mis decisiones y autor de mi propia historia. Y aunque no lo creas, sé quién soy, de dónde vengo y lo que me merezco. Ya no necesito de tu supervisión omnipresente.

Finalmente Roberto la miró fijamente a los ojos y sin derramar una lágrima, con una decisión recién nacida le dijo:

– Adiós Natalia, corto el hilo que nos une. Aquél en el que nunca creí.