Casting 4pm

El despertador viejo había sonado varias veces en los últimos treinta minutos pero Natalia seguía mirando con pereza al techo de su habitación. Estaba segura que había ratas en el tejado porque le había costado dormir debido a un chillido suave pero constante.

Su cuarto tenía paredes blancas llenas de dibujos y frases varias, alguno que otro cuadro pintado por la dueña y una única ventana que daba al techo del primer piso. La habitación permanecía casi en penumbras pues la ventana apenas dejaba pasar la luz del sol naciente de la mañana. El desorden era evidente, casi insalubre.

Sabía que tenía que levantarse para ir al colegio. ¡Qué pereza!

Odiaba los Lunes, odiaba el colegio.

Decidió levantarse cuando escuchó el grito/despedida de su madre y el sonido de la puerta principal al cerrarse. Se desperezó aún sentada en la cama y caminó al baño rodeando el pilo de ropa en el suelo.

Se mojó la cara y se lavó los dientes, acto seguido sacó todo el arsenal para comenzar el día: primero se echó limpiador facial, luego tónico, crema hidratante y una capa fina de bloqueador solar. Después se aseguró de cubrir toda la extensión de sus ojeras y las mínimas imperfecciones de su rostro, se colocó delineador, máscara de pestañas y algo de blush para no lucir como un fantasma.

Su cabello negro largo y lacio fue peinado rápidamente y se colocó un cintillo negro para terminar.

Salió del baño desnuda, a pesar de que la ventana no tuviera cortinas pero ser vista no le preocupaba: se consideraba demasiado delgada y sin ningún atractivo digno de ser observado. Se agachó para tomar ropa interior del montón de ropa apilada en una silla junto a la cama y bajó las escaleras en busca de su uniforme.

No le sorprendió no encontrarlo planchado más bien se alegró de que estuviera limpio y tendido. Miró la hora y decidió que no tenía tiempo para plancharlo.

Al entrar a la cocina/comedor encontró al gato sobre el mesón, comiendo las sobras de un pan. Natalia fue directo al refrigerador, con hambre. Pero no había nada más que una jarra con agua y un par de vegetales envejecidos.

Ni se tomó la molestia de buscar más comida. Suspiró al encontrar una manzana y $5 junto a una nota escrita por su madre:

Te dejo el desayuno y dinero para el resto del día. No te olvides que tienes un casting a las 4pm. Es importante que llegues temprano y presentable.

La muchacha arrugó el papel con fastidio.

Genial, pensó. Tendría que faltar al conservatorio y eso quería decir que ese día iba a ser una completa mierda. Pensó no ir al colegio pero desistió pues no sabría cómo matar el tiempo hasta la hora del casting, así que prefirió la forma más conocida y saludable de aburrimiento: las clases en el colegio católico.

Tomó su mochila, en la que metió con prisa una muda de ropa informal,  sus llaves, se despidió del gato y antes de salir miró a la pizarra colgada en medio de la sala. Su madre y sus hermanos estarían ocupados hasta la noche y en el casillero que le correspondía para sus actividades alguien había tachado la palabra “conservatorio” y había escrito debajo “Casting”.

Decidió manifestar su enojo azotando la puerta, también con la esperanza de ahuyentar a las ratas del techo. Se puso los audífonos y le subió el volumen a una canción de rock pesado.

Mientras se alejaba de su casa y se adentraba en el suburbio sucio ignoró las miradas inquisidoras de las vecinas que habían salido a comprar el pan, botar la basura en la calle o dejar a sus hijos en la escuela. Se paró en una esquina 5 cuadras después y esperó el bus urbano con impaciencia y  resignación. Llegaría tarde y oliendo a la humanidad del suburbio pero al menos se alegró de que su uniforme estuviera arrugado de todas maneras.

El bus llegó y ella se subió a pesar de que hace mucho había excedido el número de pasajeros soportable. Retorciéndose logró ubicarse en un espacio diminuto que daba a la ventana. La música resonaba en cada una de sus neuronas y tenía la mente en blanco mientras miraba la transición violenta entre el suburbio y las zonas regeneradas y bonitas de la ciudad.

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Todo es música

El sol apenas entraba por los huecos que dejaban las blancas cortinas de la habitación más grande de la casa. Estaba extremadamente ordenada: los libros en un mueble de madera junto a la ventana, perfectamente alineados; el escritorio pulcro y sin un papel encima; el piso brillante y el closet grande y solitario a lado de la puerta del baño. Las paredes celestes estaban llenas de posters de bandas de rock, fotos de paisajes hermosos y de personas familiares.

Pero lo que más llamaba la atención al entrar a la habitación era un cuadro colocado arriba del respaldar de la cama. Retrataba a una mujer  sentada sobre una cama cuya única prenda constituía un violín al que se aferraba como si su vida dependiera de ello y el cual cubría sus partes íntimas con elegancia. Era una mujer muy hermosa, de larga cabellera y de cuerpo esbelto. El fondo del cuadro era oscuro, resaltando la imagen de la mujer y concediéndole un aura de melancolía en el día y de misterio en la noche.

Solo la cama desentonaba la excéntrica armonía de aquella pieza. Las sabanas claras estaban revueltas y formaban un bulto central  que parecía subir y bajar lentamente con un ritmo cadente y regular.

De pronto un sonido agudo rompió la calma de la mañana.

Una mano perezosa tanteó el velador en busca de la fuente del sonido y con una agilidad que solo da la costumbre apagó la alarma del celular  y  en su lugar se oyó un suspiro desesperado.

Otro Lunes en el colegio.

El cuerpo adolescente se levantó mecánicamente y caminó lentamente hacia el baño. Se miró al espejo antes  mientras luchaba por abrir bien los ojos en pestañeos lentos: su cabello caía en rizos enredados y desordenados alrededor de su cabeza, en todas direcciones, tenía ojeras pequeñas pero oscuras bajos sus grandes ojos cansados, la nariz respingada pero brillante, su boca seca y sus labios resecos. Traía puesta una bata que parecía de su tatarabuela la cual escondía el vientre flácido y los muslos débiles de aquella señorita dueña de la habitación. Todo esto hacía de sus mañanas la primera decepción del día.

Se quedó un rato más mirándose, tal vez queriendo encontrar algo nuevo en su apariencia mañanera o quizá porque el espejo estaba pegado a la puerta del baño.
Luego de unos minutos y con un movimiento lento abrió la puerta y procedió a asearse antes de ir al colegio.

Diez minutos cronometrados le tomó a la muchacha salir del baño y su aspecto no había cambiado excepto por dos detalles: su cabello ya no estaba caóticamente dispuesto sobre su cabeza sino que estaba mojado y algo aplastado y estaba envuelta en una gran toalla blanca.

Se puso el uniforme del colegio despacio. La casa estaba en silencio salvo la cocina, su madre ya estaba haciendo el desayuno.

Cuando estuvo vestida, arregló la cama y abrió la ventana. Era la rutina de todos los días ver hacia la otra calle. Como buscando algo, pero no sabía qué.

Se detuvo unos instantes a contemplar  al sol bañar los árboles a lado de la calle, al cielo tornarse azul turquesa, a las personas caminar lentamente por las aceras: unas directo a sus trabajos o universidades, otras ejercitándose y algunas recogiendo el periódico. Dentro de la ciudadela cerrada en que vivía rara vez ocurría algo inusual, pero observar al barrio a través de su ventana era parte de su ritual mañanero.

Dejó las cortinas separadas, atadas a cada lado de la ventana, recogió su mochila del suelo y el estuche del violín y salió del cuarto rumbo a la cocina.
Bajó las escaleras y lanzó su mochila al sofá mientras dejaba delicadamente el estuche del violín a un lado.

Su madre estaba de espaldas preparando el desayuno.

La cocina era pequeña y estaba separada del comedor por un mesón de mármol. Olía bien. La mujer puso la comida en el mesón e inmediatamente fue a saludar a su hija.

– ¡Pero niña!-exclamó la mujer al ver a la muchacha- ¡péinate un poco por lo menos!

La mujer era bajita, de peso  promedio, y el cabello rizado recogido en una cola que dejaba ver su frente blanca y brillante. Fue bonita cuando tenía la edad de la muchacha a la que hoy observaba con preocupación, tanto trabajo y tantas penas fueron marchitando la hermosura de su cuerpo poco a poco.

– Algo me dice que no has usado la crema que te compre ¿verdad?-preguntó con la certeza de saber la respuesta-

La muchacha se quedó en silencio mirándola, tácitamente asintiendo a lo que su madre le decía.

– Siempre me olvido – respondió y se encogió de hombros-

– Siempre me olvido, siempre me olvido-repitió con fastidio- pero de otras cosas si no te olvidas…

La chica, casi cuando su madre pronunció la última palabra, se había ido a sentar y empezó a comer sus desayuno.

– Así se ve bien-opinó antes de meterse un pedazo de pan a la boca-

La mujer solo sacudió la cabeza y abandonó el primer piso.

Mientras comía su tostada con leche, Aurora pensaba en el colegio, en las tareas y en la pereza que tenía de hacer gimnasia hoy que tocaba. También pensó en cómo hacía su madre para que la leche estuviera tan perfectamente tibia, ni muy caliente, ni muy fría, ni al ambiente y en cómo deseaba que se acabase el día para ir al conservatorio.

Terminó de comer y recogió los platos y los puso en el lavabo, justo ahí sintió que unas manos agarraban violentamente su cabello y lo estiraban, lo revolvían, lo peinaban.

– ¡Mamá!-exclamó con dolor-
– ¡Quédate quieta!-ordenó la mujer ahora con el poder de domar a aquella cabellera- No puedo creer que te atrevas a ir así al colegio ¡pareces una pordiosera! de esas que nunca se bañan… ¿No sabes que el cabello y la cara son tu carta de presentación?-le reprendió- ¡Que dirá la gente de ti! ¿Qué impresión causarás, si ni siquiera te has depilado las cejas?…siempre tengo que estar atrás de ti para que te arregles y no andes desaliñada. Yo a tu edad….

Y empezaba la historia de siempre: Yo a tu edad tenía un cuerpazo de modelo, yo a tu edad iba siempre combinada para la calle, yo siempre peinaba mi cabello, yo fui la reina de cada evento  del colegio… Yo fui…

Y eran en esos momentos cuando Aurora se volvía sorda a las palabras de su madre, por unos instantes todo parecía sin sonido, solo sensaciones e imágenes. Estaba cansada de escuchar la misma historia de siempre, ya se la sabía de memoria porque toda su vida se la había contado. Y lo mejor es que no le importaba, estaba pensando en la canción que le dejaron de tarea en el conservatorio.

Y de pronto la música  de un violín llenó la habitación y se transformó en colores, las notas bailaban frente a sus ojos. Ni siquiera sentía ya las manos que luchaban por arreglar su apariencia, solo escuchaba la melodía dulce del violín envolviéndolo todo; su cuerpo, el de su madre, la casa entera, el barrio, la ciudad…

Cuando la mujer terminó su trabajo, Aurora veía como movía sus labios desesperadamente reprendiéndola, pero no podía entender ni una palabra. Solía abstraerse así cuando quería evadir la realidad, y pues, a falta de otra pasión, su cabeza y su mundo físico se llenaban de música.

Y es que tal era su pasión por la música que a todas partes llevaba su violín. Sería muy fácil afirmar que el conservatorio era muy estricto, y ella hacía  eso para, en cualquier momento libre, ponerse a  practicar. Pero sus razones iban un poco más allá: ella vivía la música, para Aurora, ésta se encontraba en todas partes y gustaba de escuchar las melodías cotidianas de la naturaleza, de las personas, incluso del tráfico para inspirarse e intentar componer.

Cuando al fin terminó la melodía dentro de su cabeza su madre la miró con ansiedad.

– ¿Que tienes que decir sobre todo lo que te he dicho Aurora?-le preguntó-

– Que si seguimos así llegaré tarde al colegio-respondió al instante-

Su madre inclinó la cabeza hacia un lado para ver el reloj de pared de la cocina. ¡Era tardísimo!

-¡Tienes razón!-exclamó- Coge tus cosas y vámonos rápido, de lo contrario  no llegamos.

Por arte de magia el discurso había concluido sin mucho esfuerzo. Aurora se puso la mochila y cargó con su preciado violín, mientras su madre revoloteaba por todas partes en busca de la llave del auto.

Al salir el sol estaba justo saliendo de entre dos nubes grises. El invierno caprichoso que no soltaba su llanto aun. Una vez dentro y encendido el carro su madre le dijo sin mirarla:

– Esperarás puntual para que te lleve al conservatorio. Sabes que no tengo tiempo para esperarte.

Arrancó y salió de la ciudadela lo más rápido que pudo.

Aurora fue mirando por la ventana todo el camino queriendo encontrar algo. Aunque seguía sin saber qué.