Las mañanas del rey

Si había algo que le agradara a  Guillermo era la sensación de libertad que le provocaba salir a cabalgar por horas sin pensar en su retorno. Disfrutaba mucho de los espacios abiertos, del campo, de los árboles haciendo difícil el trayecto impetuoso de su caballo. Su madre siempre bromeaba con la idea de que él no había salido de su vientre sino del de su yegua porque solo eso podía explicar su parecido con la personalidad de un potro salvaje.

Su vida adolescente estuvo marcada por sus numerosas desapariciones y aventuras. La reina con el tiempo fue indiferente a las preocupaciones que le achacaban cuando él era más pequeño y se perdía por horas en los jardines sin poder ser hallado. Su padre, en cambio, se encolerizaba pero solo si estas aventuras interrumpían su adiestramiento en las armas, lo que rara vez sucedía debido a la fascinación del pequeño príncipe por las éstas y la estrategia militar.

Los largos paseos y el entrenamiento constituyeron por años su mayor ocupación y con el paso del tiempo se volvieron parte de su rutina diaria y momentos que le ayudaban a aislarse de cualquiera de las pocas preocupaciones que pudieran afectarle. Después de todo, su hermana se encargaría de todo lo demás relacionado a reinar.

Y lo había planeado así desde que, a sus 12 años, su padre decidiera que el reino sería gobernado por sus dos únicos hijos. Desde aquel día sintió que su vida estaba resuelta: él se encargaría de todo las cuestiones de defensa y  su hermana de lo político y administrativo. La idea de hacer lo que más le apasionaba en el mundo llenó sus días de alegría, buen humor y optimismo. Lo mejor del caso era que su hermana estaba más que preparada y a gusto con esta resolución.

Esto ocupaba los pensamientos de Guillermo mientras escuchaba a lo lejos la voz de su consejero real quien le leía con detenimiento todas las actividades a desempeñar ese día.

– La reunión con los representantes de la cámara de comercio deberá ser breve debido a los asuntos emergentes que han surgido en los últimos días. Creo que su majestad debería apremiar a los comerciantes a ser lo más concisos posibles con sus demandas pero a la vez tendría que adoptar una posición un poco más cercana, de interés….quizá si pudiéramos hacer la reunión en la mesa redonda del despacho real causaría una impresión de inclusión y entonces podríamos llegar a un acuerdo mucho más rápido y causar un mejor impacto final. Recuerde siempre mantener sus manos sobre la mesa sin juntarlas y mirar a todos los presentes cuando emita algún comentario. En la situación actual es necesario, su majestad, que tengamos a los gremios de trabajo de nuestro lado y …contentos…ya que…

Y por momentos la voz desaparecía de su mente, como si su cerebro la bloqueara a propósito, como un mecanismo de defensa que no sabía que tenía.  Un asistente le acomodaba el traje en silencio mientras que el príncipe fingía escuchar a su interlocutor.

En las últimas semanas había tenido las mañanas más ocupadas y tediosas de toda su vida. Desde el viaje de sus padres y el relevo temporal de sus funciones, el ir y venir de los asesores reales, sus consejeros y los miembros del senado quienes venían a él con una serie de peticiones, órdenes del día, cronogramas de reuniones y asuntos de suma urgencia… había sido un verdadero balde de agua fría y el detonador de una cascada de inseguridades que se encontraban escondidas en lo más profundo de su ser. Dudas que habían sido aplacadas a lo largo de los años por la certeza de que su hermana se encargaría de todo eso.

Todo esto acerca de su competencia y su valía como monarca habían surgido de la nada, atormentándolo cada noche y al principio de cada reunión o evento en el que tenía que ejercer su poder temporal como rey. Nunca en su vida había tenido que controlar los nervios debido al terror de lo que se avecinaba…ninguna batalla en la que hubiera peleado había sido jamás tan aterradora como sentarse al frente de un montón de personas e intentar que se pusiesen de acuerdo o hacerles entender algún mandato…

¡Cómo extrañaba a su hermana! Y cuánto le faltaba para convertirse en un verdadero monarca.

Respiró profundo una vez y otra vez para disimular el montón de preocupaciones con las que se había levantado. Necesitaba ahuyentarlas, al menos temporalmente, para poder seguir con su largo día. Tenía que actuar de acuerdo a su autoridad o al menos pretender hasta que tuviera un momento de libertad para poder tomar su caballo y escaparse por unas horas de todo.

Asintió a todo lo que le explicaba su paciente consejero que afortunadamente lo conocía de casi toda la vida y percibía su tribulación y hacía de todo para ayudarle. Finalmente le pusieron un espejo al frente para que opinara acerca de su atuendo del día, cosa que le importaba lo menos, y observó la perfección de su apariencia, el aire de autoridad que cada una de las prendas que llevaba tenía… solo su rostro no combinaba con la imagen general.

Si hubiera tenido que compararlo con algo sería una de dos cosas: el rostro de un niño asustado o el de un anciano aburrido de vivir.

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Últimos momentos de la difunta Mariana

El 25 de Septiembre del 2006, en la casa de la familia Perez se vivió uno de los momentos más difíciles que una familia afronta en su camino: la muerte trágica y temprana de una de sus hijas. La casa se llenó de familiares y amigos que, ejerciendo su deber para con los lazos de amor y amistad, quisieron darle el último adiós a la pequeña Mariana.

La urna se encontraba en una mesa de madera frente a la pared de la sala principal de la vivienda, rodeado de grandes y coloridos arreglos florales, fotos de la difunta casi de tamaño real y símbolos de duelo. Delante de él se extendían filas y filas de sillas ocupadas por los allegados de la familia, algunos amigos de la difunta y uno que otro conocido curioso que asistió atraído por la naturaleza de la noticia.

El olor a café recién hecho y las roscas tradicionales perfumaba el ambiente y se podían escuchar una gran variedad de sonidos de acuerdo a qué tan cerca estabas de la muerta, qué relación tuviste con ella y a tu edad.

Por ejemplo, en la primera fila donde estaban sentados sus padres y hermanas se escuchaban sollozos. En las filas de en medio podías escuchar a los tíos, primos y abuelos comentar acerca de lo maravillosa que era su pequeña Mariana y lo mucho que se perdió el mundo ante aquella tragedia irremediable. Más atrás podías entretenerte con anécdotas sinceras, debidamente editadas y por sobretodo, bien intencionadas, de sus amigos, incluso podías escuchar un par de carcajadas mal disimuladas.

Y al final, tratando de que nadie pudiese oírlos se encontraban reunidos sus tres mejores amigos.

Las dos mujeres cuchicheaban para que su amigo pudiera oírlas. Parecían haber llorado todas las lágrimas que hubiesen podido llorar, sin embargo el carácter de la conversación no reflejaba tristeza. El varón parecía no haber llorado una sola lágrima, pero incluso su lenguaje corporal delataba el cansancio de una noche triste.

De un momento  a otro tuvieron que salir porque una de ellas no pudo contener una carcajada y las miradas ofendidas de los presentes los disecaron por completo. Ya en el patio y sin más testigos que los grandes árboles del jardín, Ernesto encendió un cigarrillo y Valentina respiró profundo secándose las lágrimas.

– ¡Lo siento!- exclamó – es que no puedes negar que todo esto ha sido completamente ridículo…

– Lo es, pero ¿puedes controlarte un poco más? De todos modos es un funeral y es irrespetuoso. Además- y aquí Renata bajó el tono de su voz- es prácticamente un tema privado. Un secreto.

Valentina se encogió de hombros y de repente puso cara de asco al oler el humo del tabaco de Ernesto.

– ¿Es enserio?- le preguntó molesta- sabes que soy alérgica. Y sabes que Mariana odiaba que fumes.

– Ella ya no existe- afirmó el muchacho muy tranquilo-

– ¡Dios mío! Aún no lo puedo asimilar del todo. Dejando de lado todo lo que pasó… Mariana se fue.-Renata suspiró con la mirada en algún punto fijo delante de ella.

– Chicos, ¿han pensado cuales habrían sido sus últimos pensamientos antes de…?-Valentina pareció no poder terminar la frase por parecerle extremadamente incómodo imaginar la situación-

Los tres se quedaron en silencio un buen rato mientras más y más personas se agolpaban en la entrada para firmar el libro de condolencias.

De repente Valentina se cubrió la cara para contener la tristeza que le sobrevino el pensamiento, Renata se tocó con fuerza los brazos como intentando abrazarse a sí misma y Ernesto aspiró con fuerza el humo de su cigarrillo.  Todos tenían los pelos de punta, imaginando los últimos pensamientos de su amiga de toda la vida y los tres pintaron un cuadro desolador en aquellos últimos momentos.

Pero ¿realmente fueron tan tristes y desesperanzadores los momentos finales de Mariana?

Los hechos, desconocidos para siempre por todos los mortales que llegaron alguna vez a la vida de aquella mujer, fueron de hecho muy diferentes.

Pero primero el principio.

Sucedió que Mariana, poco antes de cumplir los 25 años, decidió hacer algo diferente el día de su cumpleaños. Movida por un profundo sentimiento de cambio y una oleada de crisis existenciales contrató un servicio de salto en paracaídas. Le pareció que tenía que hacer algo que marcara su entrada a las grandes ligas, al principio del final de su segunda década, al primer cuarto de su vida…

Entonces y casi con las justas, logró reservar un turno para saltar en caída libre aquel día. Lo planeó sola sin embargo se lo dijo a sus tres mejores amigos en el fondo queriendo que alguno de ellos la desalentara y así  poder tener una excusa para no hacerlo y llegar a la pública resolución de que era una locura.

Pero sus amigos, con el ánimo de empujarla a nuevas experiencias para que, la siempre miedosa y reprimida Mariana pudiera probar cosas nuevas, la apoyaron totalmente. Entonces a la susodicha no le quedó más remedio que seguir con el plan.

Quiso hacerlo sola porque afirmó que sería más liberador y personal. Sus amigos estuvieron de acuerdo. Decidió también ocultarlo de sus padres para poder contarles luego y que pudieran ahorrarse la preocupación y ella los molestos sermones que en realidad pudieran haberla librado de aquella experiencia pero, viniendo de sus padres sería opresión y Mariana, siempre rebelde, llevaría con más fuerza la contraria.

En la avioneta se arrepintió mil veces pero ya no habría reembolso ni vuelta atrás. El instructor le informó varias veces y con gran exactitud lo que tenía que hacer y cuándo hacerlo y Mariana lo entendió todo. Y un segundo antes de saltar su mente se llenó con todos los sentimientos  y pensamientos de miedo que puedan existir.

Y saltó.

Fue indescriptible lo que Mariana experimentó en esos momentos en el aire. Su mente se puso en blanco sin embargo sintió que por su cerebro fluían oleadas de paz y pensamientos felices. Luego pensó en todo lo maravilloso de la vida, en lo feliz que realmente era a pesar de siempre afirmarse deprimida o estresada. De repente todos sus problemas dejaron de ser importantes y solo el cielo y el viento en su rostro tuvieron sentido. No hubo nada que la turbara, nada que le aterrara. Por ese minuto en el aire, por ese último minuto en la soledad del cielo fue completa y sinceramente feliz.

Tan feliz que olvidó abrir el paracaídas.