Todo es música

El sol apenas entraba por los huecos que dejaban las blancas cortinas de la habitación más grande de la casa. Estaba extremadamente ordenada: los libros en un mueble de madera junto a la ventana, perfectamente alineados; el escritorio pulcro y sin un papel encima; el piso brillante y el closet grande y solitario a lado de la puerta del baño. Las paredes celestes estaban llenas de posters de bandas de rock, fotos de paisajes hermosos y de personas familiares.

Pero lo que más llamaba la atención al entrar a la habitación era un cuadro colocado arriba del respaldar de la cama. Retrataba a una mujer  sentada sobre una cama cuya única prenda constituía un violín al que se aferraba como si su vida dependiera de ello y el cual cubría sus partes íntimas con elegancia. Era una mujer muy hermosa, de larga cabellera y de cuerpo esbelto. El fondo del cuadro era oscuro, resaltando la imagen de la mujer y concediéndole un aura de melancolía en el día y de misterio en la noche.

Solo la cama desentonaba la excéntrica armonía de aquella pieza. Las sabanas claras estaban revueltas y formaban un bulto central  que parecía subir y bajar lentamente con un ritmo cadente y regular.

De pronto un sonido agudo rompió la calma de la mañana.

Una mano perezosa tanteó el velador en busca de la fuente del sonido y con una agilidad que solo da la costumbre apagó la alarma del celular  y  en su lugar se oyó un suspiro desesperado.

Otro Lunes en el colegio.

El cuerpo adolescente se levantó mecánicamente y caminó lentamente hacia el baño. Se miró al espejo antes  mientras luchaba por abrir bien los ojos en pestañeos lentos: su cabello caía en rizos enredados y desordenados alrededor de su cabeza, en todas direcciones, tenía ojeras pequeñas pero oscuras bajos sus grandes ojos cansados, la nariz respingada pero brillante, su boca seca y sus labios resecos. Traía puesta una bata que parecía de su tatarabuela la cual escondía el vientre flácido y los muslos débiles de aquella señorita dueña de la habitación. Todo esto hacía de sus mañanas la primera decepción del día.

Se quedó un rato más mirándose, tal vez queriendo encontrar algo nuevo en su apariencia mañanera o quizá porque el espejo estaba pegado a la puerta del baño.
Luego de unos minutos y con un movimiento lento abrió la puerta y procedió a asearse antes de ir al colegio.

Diez minutos cronometrados le tomó a la muchacha salir del baño y su aspecto no había cambiado excepto por dos detalles: su cabello ya no estaba caóticamente dispuesto sobre su cabeza sino que estaba mojado y algo aplastado y estaba envuelta en una gran toalla blanca.

Se puso el uniforme del colegio despacio. La casa estaba en silencio salvo la cocina, su madre ya estaba haciendo el desayuno.

Cuando estuvo vestida, arregló la cama y abrió la ventana. Era la rutina de todos los días ver hacia la otra calle. Como buscando algo, pero no sabía qué.

Se detuvo unos instantes a contemplar  al sol bañar los árboles a lado de la calle, al cielo tornarse azul turquesa, a las personas caminar lentamente por las aceras: unas directo a sus trabajos o universidades, otras ejercitándose y algunas recogiendo el periódico. Dentro de la ciudadela cerrada en que vivía rara vez ocurría algo inusual, pero observar al barrio a través de su ventana era parte de su ritual mañanero.

Dejó las cortinas separadas, atadas a cada lado de la ventana, recogió su mochila del suelo y el estuche del violín y salió del cuarto rumbo a la cocina.
Bajó las escaleras y lanzó su mochila al sofá mientras dejaba delicadamente el estuche del violín a un lado.

Su madre estaba de espaldas preparando el desayuno.

La cocina era pequeña y estaba separada del comedor por un mesón de mármol. Olía bien. La mujer puso la comida en el mesón e inmediatamente fue a saludar a su hija.

– ¡Pero niña!-exclamó la mujer al ver a la muchacha- ¡péinate un poco por lo menos!

La mujer era bajita, de peso  promedio, y el cabello rizado recogido en una cola que dejaba ver su frente blanca y brillante. Fue bonita cuando tenía la edad de la muchacha a la que hoy observaba con preocupación, tanto trabajo y tantas penas fueron marchitando la hermosura de su cuerpo poco a poco.

– Algo me dice que no has usado la crema que te compre ¿verdad?-preguntó con la certeza de saber la respuesta-

La muchacha se quedó en silencio mirándola, tácitamente asintiendo a lo que su madre le decía.

– Siempre me olvido – respondió y se encogió de hombros-

– Siempre me olvido, siempre me olvido-repitió con fastidio- pero de otras cosas si no te olvidas…

La chica, casi cuando su madre pronunció la última palabra, se había ido a sentar y empezó a comer sus desayuno.

– Así se ve bien-opinó antes de meterse un pedazo de pan a la boca-

La mujer solo sacudió la cabeza y abandonó el primer piso.

Mientras comía su tostada con leche, Aurora pensaba en el colegio, en las tareas y en la pereza que tenía de hacer gimnasia hoy que tocaba. También pensó en cómo hacía su madre para que la leche estuviera tan perfectamente tibia, ni muy caliente, ni muy fría, ni al ambiente y en cómo deseaba que se acabase el día para ir al conservatorio.

Terminó de comer y recogió los platos y los puso en el lavabo, justo ahí sintió que unas manos agarraban violentamente su cabello y lo estiraban, lo revolvían, lo peinaban.

– ¡Mamá!-exclamó con dolor-
– ¡Quédate quieta!-ordenó la mujer ahora con el poder de domar a aquella cabellera- No puedo creer que te atrevas a ir así al colegio ¡pareces una pordiosera! de esas que nunca se bañan… ¿No sabes que el cabello y la cara son tu carta de presentación?-le reprendió- ¡Que dirá la gente de ti! ¿Qué impresión causarás, si ni siquiera te has depilado las cejas?…siempre tengo que estar atrás de ti para que te arregles y no andes desaliñada. Yo a tu edad….

Y empezaba la historia de siempre: Yo a tu edad tenía un cuerpazo de modelo, yo a tu edad iba siempre combinada para la calle, yo siempre peinaba mi cabello, yo fui la reina de cada evento  del colegio… Yo fui…

Y eran en esos momentos cuando Aurora se volvía sorda a las palabras de su madre, por unos instantes todo parecía sin sonido, solo sensaciones e imágenes. Estaba cansada de escuchar la misma historia de siempre, ya se la sabía de memoria porque toda su vida se la había contado. Y lo mejor es que no le importaba, estaba pensando en la canción que le dejaron de tarea en el conservatorio.

Y de pronto la música  de un violín llenó la habitación y se transformó en colores, las notas bailaban frente a sus ojos. Ni siquiera sentía ya las manos que luchaban por arreglar su apariencia, solo escuchaba la melodía dulce del violín envolviéndolo todo; su cuerpo, el de su madre, la casa entera, el barrio, la ciudad…

Cuando la mujer terminó su trabajo, Aurora veía como movía sus labios desesperadamente reprendiéndola, pero no podía entender ni una palabra. Solía abstraerse así cuando quería evadir la realidad, y pues, a falta de otra pasión, su cabeza y su mundo físico se llenaban de música.

Y es que tal era su pasión por la música que a todas partes llevaba su violín. Sería muy fácil afirmar que el conservatorio era muy estricto, y ella hacía  eso para, en cualquier momento libre, ponerse a  practicar. Pero sus razones iban un poco más allá: ella vivía la música, para Aurora, ésta se encontraba en todas partes y gustaba de escuchar las melodías cotidianas de la naturaleza, de las personas, incluso del tráfico para inspirarse e intentar componer.

Cuando al fin terminó la melodía dentro de su cabeza su madre la miró con ansiedad.

– ¿Que tienes que decir sobre todo lo que te he dicho Aurora?-le preguntó-

– Que si seguimos así llegaré tarde al colegio-respondió al instante-

Su madre inclinó la cabeza hacia un lado para ver el reloj de pared de la cocina. ¡Era tardísimo!

-¡Tienes razón!-exclamó- Coge tus cosas y vámonos rápido, de lo contrario  no llegamos.

Por arte de magia el discurso había concluido sin mucho esfuerzo. Aurora se puso la mochila y cargó con su preciado violín, mientras su madre revoloteaba por todas partes en busca de la llave del auto.

Al salir el sol estaba justo saliendo de entre dos nubes grises. El invierno caprichoso que no soltaba su llanto aun. Una vez dentro y encendido el carro su madre le dijo sin mirarla:

– Esperarás puntual para que te lleve al conservatorio. Sabes que no tengo tiempo para esperarte.

Arrancó y salió de la ciudadela lo más rápido que pudo.

Aurora fue mirando por la ventana todo el camino queriendo encontrar algo. Aunque seguía sin saber qué.

 

 

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Desaparición (fragmento)

El sol estaba en lo más alto del cielo y su calor le azotaba cada parte del cuerpo. Cabalgaba solo, hace rato se había alejado de la tropa desorientada del rey. Todo lo que podía oír era el ruido de los cascos de su caballo que golpeaban la tierra del camino que llevaba hacia la inmensidad del valle lejos de los muros del castillo. Su corcel era uno de los mejores de su padre: grande, musculoso, café como el suelo fértil de los campos y tan bravo como sus ancestros.

No quería oír nada más, ni siquiera sus propios pensamientos.

De hecho eso era lo que menos quería escuchar.

Los gritos de la culpa se escapaban de su cabeza: los sentía en el pecho como un peso y la
sensación viajaba con rapidez hacia sus extremidades, acercándose cada vez más a sus dedos fuertemente aferrados a las riendas.

Sus ojos se fijaban al paisaje, escudriñándolo todo, sin dejar espacio alguno sin revisar.

Pronto entró a un bosquecillo, dio algunas vueltas e instantáneamente sintió la brisa recorrer sus rizos castaños. La culpa había llegado hacia sus dedos y ahora hormigueaban. Seguía mirando cada rincón, buscaba rastros, olía la brisa en busca de cenizas recientes.

Nada.

Había pasado muchas horas ociosas de la niñez jugando en aquella arboleda, por tanto conocía su geografía de memoria, lo que facilitó en parte la exploración. La certeza de que nada se le había escapado no lograba tranquilizarlo, todo lo contrario, lo llenaba de impotencia y frustración. Paradójicamente su rostro lucía sereno, totalmente inexpresivo a pesar del conflicto que bullía en su interior, todo gracias a años de lecciones de etiqueta y protocolo.

Pronto escuchó que alguien le llamaba mas no estaba dispuesto a volver con la tropa aún, no confiaba en la búsqueda de sus soldados, no porque cuestionara su competencia sino porque al no tener la misma motivación que él tal vez habrían dejado pasar alguna pista. Tendría que cabalgar las zonas que les había asignado para estar seguro.

Pero primero debía seguir a su instinto.

Cuando salió del bosque, varios kilómetros después, sintió una punzada de incomodidad. Nunca había llegado tan lejos en sus aventuras infantiles. El calor húmedo y la tierra árida le dieron la bienvenida. Se detuvo un momento para darle un respiro a su corcel y mirar los alrededores.

No había nada que obstaculizara su visión, podía ver la línea del horizonte a lo lejos y la extensión de la planicie arenosa en la que se encontraba. No importaba lo inhóspito del paraje, no pararía hasta la primera mitad de la tarde. Luego de eso se reuniría con la tropa por puro compromiso. Preferiría seguir sólo y habría sido así si no fuera por las órdenes del rey.

Al menos por ahora debía mantenerlo tranquilo. Pero el caballero sabía que no sería por mucho tiempo, su naturaleza rebelde pronto saldría a la superficie, ignorando la educación recibida, faltaba poco para que su paciencia se colmara y empezara a desobedecer.

Siguió cabalgando rumbo a la nada por un rato, en busca de alguna huella, un rastro… Sólo encontró arena siendo barrida por un viento que no refrescaba, pero eso no iba a desanimarlo, había mucho en juego como para rendirse. Tarde o temprano encontraría algo, más temprano que tarde, esperaba, una pista que le llevaría a encontrarla.

Se lo debía a sí mismo.

Y a ella.

El último adiós de Roberto (intento # 500).

Roberto estaba paralizado mirando al mensaje en la pantalla de su computador. Sus manos empezaron a temblar, después todo su cuerpo. Sentía el pecho frío y las mejillas calientes. Pronto saldrían las lágrimas. Tragó el nudo que tenía en la garganta cuando se dio cuenta que ella estaba detrás de él.

No puedo creer que sigas afectándome de esta manera– susurró Roberto volteándose para enfrentarla, cabizbajo, para que no lo viera llorar-

La mujer que tenía delante no poseía una belleza exuberante: era pálida, de cabello negro, lacio y corto, labios carnosos y rosáceos, estatura media y contextura ancha. Sin embargo eran sus ojos café oscuro, profundos y misteriosos, los que le daban cierto atractivo. Se encontraba de pie frente a un visiblemente atormentado Roberto, quien permanecía sentado en la silla de su escritorio frente a ella.

Ya no me conoces ¿sabes?-dijo de repente forzándose a mirar aquellos ojos inquisidores-he cambiado, te guste o no. No puedes venir a decirme qué está bien o mal conmigo y con mis decisiones- su voz parecía a punto de quebrarse, las lágrimas caían por su rostro- ¿Qué pretendes? ¿Qué es lo que quieres de mí?…

¿Por qué sigues apareciendo en mi vida? Nunca te escogí y nunca lo haré. He seguido adelante, he tenido éxito y he fracasado en lo que yo he  querido… No entiendo sinceramente por qué me hiere lo que me digas– hablaba sin pausas por miedo a que si paraba no se atreviera a decir lo que pensaba-No importa cuántas veces me repitas que me amas, no esperes que te lo diga de vuelta y sea sincero. Tú no eres la mujer de mi vida y no existe hilo rojo alguno que justifique tu insistencia.

Te amé en un tiempo que ya no recuerdo… Hoy no te amo y honestamente no sé qué haces aquí – la mujer permanecía casi inmóvil sin apartar la mirada de su ex novio-.

Roberto inhaló y exhaló con fuerza, se llevó las manos a la cara y secó sus lágrimas. Sus ojos  volvieron a mirar el suelo, tenía una guerra en la cabeza que no podía expresar con palabras. Apretó con fuerza los puños  y decidió que de alguna manera tenía que sacar el veneno que lo estaba matando desde dentro.

“Te has convertido en una de las voces enemigas en mi cabeza. Eres esa parte despreciable de mí que aparece cada vez que cometo un error, cuando algo no me sale bien… y me hundes. Sin embargo, como el enfermo que soy a veces te pienso voluntariamente, me preguntó cómo estarás, si todo te está yendo como quieres, si eres feliz… y siempre te deseo lo mejor desde el fondo de mi corazón.

A veces voy más allá y me pongo a pensar en universos alternos dónde sí estamos juntos. Sí, si de algo soy culpable es de fantasear contigo de esa manera, pero siempre llego a la misma conclusión: no soy yo quién está allí siendo feliz a tu lado, es definitivamente otra persona. Una persona que hizo sacrificios, que renunció a sus propias metas, alguien que te ama tanto que se dio al 100%… Y yo por ti nunca lo hice en la vida real y no es que no lo pensara, simplemente pensé más en mí.

Estoy cansado de que cada vez que volvemos a hablar insinúes que voy por el mal camino, que me he convertido en algo oscuro. Porque activas mis inseguridades y recuerdo las tantas veces que me has hecho creer que mi vida es una mentira… Suficiente tengo conmigo y mis miedos.

Este soy yo, bien o mal. Responsable de mis decisiones y autor de mi propia historia. Y aunque no lo creas, sé quién soy, de dónde vengo y lo que me merezco. Ya no necesito de tu supervisión omnipresente.

Finalmente Roberto la miró fijamente a los ojos y sin derramar una lágrima, con una decisión recién nacida le dijo:

– Adiós Natalia, corto el hilo que nos une. Aquél en el que nunca creí.

Un lustro

Para ti, luego de 5 años de conocerte.

Cuando salimos a comer esa noche antes de que me acompañaras al tributo a Silvio Rodriguez (gesto que aprecio demasiado ya que no te gusta realmente su música) te pregunté con toda la sinceridad del mundo y sin una pizca de drama o segundas intenciones si seguiríamos celebrando los meses de noviazgo.

Y no fue una pregunta cualquiera: sabes que tuvimos nuestras tormentas que nos separaron por algún tiempo y en lo personal soy más del tipo “contemos desde cero”, sin embargo quería saber tu opinión.

Me sorprendió escucharte hacer un cálculo mental y concluir que nuestro 5to aniversario sería en Enero. No me esperaba eso y me agradó, fue un lindo gesto. Típico de ti sorprenderme con cosas así.

¡Cinco años!

Es bastante tiempo.

Me gusta pensar que crecemos juntos, atesoro mucho ese pensamiento porque me da una sensación de seguridad, de continuidad… Como que esto es importante porque somos parte de la vida del otro a través del tiempo y las circunstancias. Espero hacerme entender…

Hemos pasado por tantas cosas que no creo que me ponga a contar todas nuestras anécdotas, nuestras locuras, nuestras incoherencias… Mas bien quiero resaltar otras cosas, cosas que valoro de estos 5 años de estar pendientes de la vida del otro.

Por ejemplo:

Esa manía tuya de mirarme como si fuera la cosa más linda del mundo.

Ese brillo en tus ojos cuando me dices que me amas.

La manera en la que me estrechas junto a ti cuando me abrazas.

Los “buenos días, buenas tardes y buenas noches” que me enseñaste a decir con más frecuencia.

Lo feliz que me siento al verte comer en la mesa con mi familia.

Como me pones los pies sobre la tierra y me bajas de mi “drama-land”.

Lo paciente que has sido conmigo, MUY PACIENTE.

Cuando me hiciste mirarme al espejo desnuda y me llamaste “hermosa”.

Tus esfuerzos por estar conmigo a pesar de lo difícil que a veces se te ha hecho.

El hecho de que no me juzgues.

Que me escuches y que te esfuerces por cambiar sutilmente ciertas actitudes que me hieren.

Que hagas que valore mi cuerpo, en cualquier estado. No sabes lo bien que me haces con esto.

Como me haces reír cuando estoy triste.

Como me pones la piel de gallina cuando me besas o me hablas al oído.

Cuando me enseñas a la fuerza a ser paciente y a entender cuando no quieres hablar de tus problemas.

La PAZ mental que me has proporcionado por mucho tiempo.

Y seguramente hay muchas otras cosas más, pero esas son las más importantes. En serio GRACIAS, significas mucho en mi vida, son casi 5 años en los cuáles he estado estable y feliz la mayoría del tiempo (a pesar de mis depresiones y crisis), 5 años en los que he tenido una persona que no me ha exigido de más, que no me ha mirado por encima del hombro por mis trabas mentales, que literalmente he sentido como mi igual.

No significa que seas perfecto, de hecho hay cosas que me duelen y me asustan un poco de ti. Sin embargo pretendo siempre recordar que eres un simple mortal como yo, tan humano como cualquiera y que tengo que amarte con todas tus cosas.

Si hay algo que aprendí en estos últimos años es que debo dejar de pensar en las cosas en términos eternos.  Es muy romántico y todo pero no es real. Las cosas se dañan, las vidas se esfuman, el amor se acaba y las relaciones llegan a su fin. Así que, cariño mío, si esto dura 5 años o 30, guardaré en mi corazón todo lo bueno que me dejes y de corazón espero que hagas lo mismo.

Hay una frase que he inventado solo para ti. Pensando en ti.

“Quiero sonreír y disfrutar a tu lado en los momentos felices, tomar tu mano fuertemente en los días duros y oscuros y ser voz de aliento en tu cabeza cuando no esté físicamente a tu lado.”

He decidido que esta será mi definición de amor.

Y tú la inspiraste.

Una vez llegué a pensar que eras mi hogar…me equivoqué. Mi hogar soy yo pero si hay algo cierto y es que al llegar a casa deseo que seas tú quien abra la puerta. Quien coma conmigo, quien me dé el beso de las buenas noches y el de los buenos días.

Eso sí, quiero que algo te quede muy claro: esto no es una prisión. Acuariano eres libre de irte cuando quieras, no pretendo retenerte de ninguna manera. Te amo lo suficiente como para desear que te quedes en un lugar donde no estés a gusto. Otra cosa: te voy a presionar a que cada día seas mejor, pienso que es mi deber como compañera hacerlo, creo que de eso se trata una relación de mejorarse mutuamente, enseñar al otro a ser mejor, si estás conmigo a eso te atienes.

Finalmente, y para no hacer más largo esto, quiero manifestar mi descontento sobre no poder estar a tu lado hoy y matarte a besos de aniversario. Quisiera teletransportarme, en serio tendría ese súper poder si pudiera.

Está demás decirte que te amo. Lo sabes, nos lo decimos DEMASIADO.

Feliz lustro.

Y que vengan los años que tengan que venir.

Tu nena de siempre…

Festividades

Las luces del árbol de Navidad en la esquina de la sala cambiaban constantemente, era hipnotizante la manera en la que saltaban de rojo a verde, de verde a azul, de azul a naranja; en diferentes direcciones, rápida y lentamente. No tenía ni idea por qué seguía mirando la danza de  luces, pero no podía dejar de hacerlo.

Tal vez era solo una excusa, sin embargo sentía su cuerpo pesado, rígido, reacio al movimiento. En el fondo querría moverse, levantarse del sofá, caminar hacia la puerta, atravesar los cuarenta metros de patio hacia las risas en la casa vecina. En vez de eso se quedó allí, absorto en el árbol, limitándose a escuchar el ruido de las carcajadas, de las sillas siendo arrastradas, el sonido de los cubiertos y platos, los fragmentos de conversación…

Era su familia, con la cual había crecido y celebrado tantas fiestas de bienvenida, de despedida, de cumpleaños, las cenas de Navidad y fin de año.  Pero su cuerpo no quería colaborar.

Estaba consciente de la ansiedad creciendo dentro de él, sabía que era el peso que lo mantenía fijo en su sitio.

Se justificó consigo mismo por no estar allí: la hipocresía de algunos, lo poco que ya compartía con ellos, las preguntas incómodas,  la irrelevancia de su presencia…  pero su cerebro no se chupó el dedo y aunque escuchó aquellas razones las desechó casi de inmediato. Luego pensó en excusas para los demás: cansancio, muchas cosas pendientes antes de volver a la universidad, la gripe que lo estaba matando… palabras inútiles sin oídos para escucharlas o personas para creerlas.  Sin embargo, pensó, siempre hay que estar preparado para las inquisiciones de una  abuela preocupada.

En el fondo había una voz que le gritaba, que le decía que tenía que hacerlo, que tenía que ir y ser sociable, que si no lo hacía no tendría derecho a criticar el distanciamiento de los demás, que era su deber, que si no cómo podrían saber lo mucho que lo hacía feliz que estén allí de visita.

Nada, seguía sin poder moverse.

Así pasaron los minutos, hasta que pudo encontrar refugio fácil en la frivolidad de su celular, mirando fotos de conocidos y desconocidos, distrayéndose de las voces en su interior que seguían gritándole que era un cobarde y que todo se estaba yendo  a la mierda y él no era parte del buen cambio. Hasta que se hizo tarde y tuvo que ir a la cama. Se sentía  aliviado y estresado al mismo tiempo, si eso puede ser posible. Se había distraído lo suficiente como para concluir que había hecho bien en no ir pero su parte racional sabía que se había perdido de experiencias y seguramente  mañana  se arrepentiría.

Miseria: día 1

Mientras caminaba por los pasillos de la facultad, Hugo se preguntó si realmente quería estar allí. Caminaba cabizbajo, intentando no pensar, no recordar, ser invisible, pero todo lo anterior era inútil, estaba respirando y por lo tanto su cerebro estaba vivo y funcionante y mientras eso siguiera pasando seguiría sumido en la más terrible miseria.

¿Tenía que estar allí? Era su obligación, después de todo no podía seguir faltando. La gente preguntaría y Hugo odiaría tener que hablar de ello con alguna otra alma. Podría darse media vuelta y volver a la comodidad de su cama a dormir, porque dormido seguramente no sentiría angustia, si tan solo pudiese dormir. Se sentía cansado y aun así sus pies seguían caminando en dirección a su clase de Ética.

No tenía ganas de existir, eso lo resumía todo y se traducía en su mala postura y mirada errante. Una fuerza lo jalaba, sin duda un instinto de supervivencia en lo profundo de su consciencia tenía la certeza de que asistir a la Universidad era la mejor opción para no terminar consumido dentro de las cuatro paredes de su habitación.

Cuando se vio rodeado de personas tuvo que ponerse la máscara de la fría cordialidad y casi se sintió aliviado al oír la plática común de sus compañeros hasta que la vio y todo lo demás lo golpeó de nuevo.

Estaba sentada a lado de sus dos mejores amigos, parecía perdida en la conversación. ¡Dios qué hermosa era a pesar de sus ojeras inflamadas y sus ojos irritados! Aquella visión se sintió como una patada en el estómago e intentó no mirarla demasiado, su imagen le dolía como agujas intentando salir al exterior desde lo  más profundo de su piel.

Sus ojos se encontraron un segundo y él se acercó a saludarla: su saludo fue tan amable que lo sintió como una puñalada en el costado.

Empezó la clase y quiso concentrarse en las palabras del maestro pero no pudo, buscó refugio en Instagram pero no había nada nuevo, nada lo suficientemente interesante como para sacarlo de su estado de desgracia, entonces empezó a temblar, su cuerpo ya no estaba manejando bien el estrés, sintió arder sus ojos y la necesidad de salir corriendo de allí e ir a algún lugar desolado a gritar, a llorar. Y luchó como pudo por contenerlo todo, por no quebrarse allí.

Podía olerla desde donde estaba sentado. Se había sentado delante de él pero miles de km la separaban de sus brazos.  Se concentró en la forma de su cabello rojizo, se perdió unos segundos en esas ondas de las que tanto renegaba, aquellas que a él le gustaban tanto y en un momento de locura casi la tocó pero se detuvo justo a tiempo.  No podía, no cuando sabía que eso la pondría incómoda. No podía decirle nada más, no tenía palabras para expresar lo arrepentido que estaba. No tenía cara para decirle cuánto la amaba y lo hermosa que se veía.

La culpa lo estaba comiendo lentamente y quiso lo impensable. Quiso estar muerto y fantaseó con la idea mórbida del suicidio por unos segundos. De todos modos, ya se sentía como un cadáver.

Pero el instinto de supervivencia tomó el control de nuevo y le recordó los pasos a seguir, la meta, lo importante. Y volvió a oír la explicación del docente, charló mecánicamente con sus compañeros y siguió adelante fingiendo que su vida no se estaba cayendo a pedazos.

Domingo por la tarde

Uno, dos, tres, cuatro. Falta poco… Mira hacia delante, no aparentes temor…

Sinceramente estaba luchando con su mente para verle el lado positivo al asunto. Caminaba recta, y si la veías desde la otra acera parecía que hubiese recorrido la misma calle cientos de veces. Pero en honor a la verdad, solo un par de veces había caminado por esas polvorientas e irregulares aceras y había sido hace tanto tiempo que se sentía como si fuese la primera vez.

El sol la cegaba y su piel ardía ante el calor de sus rayos inclementes, sin embargo sus cabellos eran despeinados por un viento inexplicable. Nada de lo antes mencionado ayudaba a su mala visión y empeoraba sobremanera su ansiedad interior. Lo curioso es que si ella hubiese podido observarse desde afuera  seguramente se sentiría satisfecha con sus esfuerzos.

Era algo bueno ¿no?  ¡Vamos!  Era su ciudad y de algún modo resultaba imperdonable no conocerla, no haber caminado por ella, considerando que ya lo había hecho en ciudades más grandes y aterradoras.

Mientras caminaba a paso rápido pensó cuán fácilmente pudo convertir aquella incómoda situación en algo positivo. Sin embargo algo dentro de ella se aferraba a la idea de que todo eso había sido provocado por su impresionante timidez y miedo a los conflictos.

A cada ansioso paso se fue dando cuenta poco a poco de las barreras mentales que la limitaban. ¿Por qué le causaba tanto repelús que la vieran por la calle? ¿Por qué querría evitar dar explicaciones de por qué estaba caminando un domingo en el centro desolado de la ciudad, con un sol asquerosamente abrasador y un viento rebelde que la cegaba? Como si tuviera que tener una razón para caminar de un punto a otro en su ciudad natal. Como si tuviera algo que esconder.

Pero nada tenía que esconder, solo tal vez a sí misma. Esa manía pendeja de no querer ser vista, de pasar desapercibida, de huir de la incomodidad.

Y todo por no querer negociar el precio de un taxi hasta su casa.

Se rió de sí misma, casi pegó una carcajada esperando que cambiara la luz de un semáforo.

¡Qué tonta se sentía!

Y cuando creía que estaba en control, que coincidió con el hecho de salir hacia una gran avenida con una cantidad aceptable de gente caminando, se sintió observada.

¡Demonios!

La maldita psicosis de que estaba siendo observada. Pensó que lo había superado por completo y aunque fuese solo un pequeño cosquilleo en la parte de atrás de su cabeza aun existía y eso bastó para ponerla ansiosa nuevamente.

En busca de sombra decidió tomar el camino más desolado, de nuevo se vio obligada a caminar rápido y aparentar que su casa estaba a tanto solo unas cuadras. Y cuando hubo caminado un gran trecho de la acera se dio cuenta que había cometido un error. Al final de la calle se encontraba un grupo de hombres distribuidos en ambas aceras, conversando entre sí, riendo. Era odioso para ella pero sobretodo estresante. Otra de las cosas en su lista que la hacían sentir como si le clavaran agujas en la piel.

Pensó en regresar e iba a hacerlo cuando se dio cuenta de que ya había sido vista por el grupo. No quedaba otra cosa que avanzar, hacer de oídos sordos y rogar a los dioses que no fueran unos malandros.

Ahí fue entonces cuando un auto color azabache apareció a su lado. Y esa fue la cereza de su cóctel de pánico.

La voz era familiar y la situación no podía ir a peor. Como siempre su cerebro se puso en piloto automático, listo como fuera para salir de aquella situación lo más rápido posible aun si eso significaba  expresar incorrectamente sus pensamientos.

¡Mariana! ¿qué haces por acá?-dijo el hombre en el auto con una sonrisa-

La mujer solo pudo bajar la cabeza y reírse. Su cerebro no respondía, estaba frita.

Hola Carlos… Es una historia graciosa, de hecho…-estaba desesperadamente buscando alguna excusa, alguna historia creíble y aburrida para salir de la situación, pero estaba temblando, no podía pensar bien. Este era literalmente su peor miedo.- O lo será en un par de horas.

¿Vas a tu casa?-dijo el sujeto mirando al final de la calle- Si quieres puedo llevarte…

No, no, NO, pensó.

Tranquilo, ya estoy cerca de todos modos- mintió con todo lo que le quedaba de razón.

No estás tan cerca, esta calle no es segura, sube yo te llevo-insistió-.

Bueno…

Entonces todos los centros de su cerebro colapsaron y empezaron a mandar señales de que aquello no era buena idea para ella, ahora su cerebro iba tan rápido que no podía organizar sus pensamientos. Pronto entraría en un piloto automático que le haría imposible ser sincera, tener una conversación amena y mucho menos ser ella misma.