Las mañanas del rey

Si había algo que le agradara a  Guillermo era la sensación de libertad que le provocaba salir a cabalgar por horas sin pensar en su retorno. Disfrutaba mucho de los espacios abiertos, del campo, de los árboles haciendo difícil el trayecto impetuoso de su caballo. Su madre siempre bromeaba con la idea de que él no había salido de su vientre sino del de su yegua porque solo eso podía explicar su parecido con la personalidad de un potro salvaje.

Su vida adolescente estuvo marcada por sus numerosas desapariciones y aventuras. La reina con el tiempo fue indiferente a las preocupaciones que le achacaban cuando él era más pequeño y se perdía por horas en los jardines sin poder ser hallado. Su padre, en cambio, se encolerizaba pero solo si estas aventuras interrumpían su adiestramiento en las armas, lo que rara vez sucedía debido a la fascinación del pequeño príncipe por las éstas y la estrategia militar.

Los largos paseos y el entrenamiento constituyeron por años su mayor ocupación y con el paso del tiempo se volvieron parte de su rutina diaria y momentos que le ayudaban a aislarse de cualquiera de las pocas preocupaciones que pudieran afectarle. Después de todo, su hermana se encargaría de todo lo demás relacionado a reinar.

Y lo había planeado así desde que, a sus 12 años, su padre decidiera que el reino sería gobernado por sus dos únicos hijos. Desde aquel día sintió que su vida estaba resuelta: él se encargaría de todo las cuestiones de defensa y  su hermana de lo político y administrativo. La idea de hacer lo que más le apasionaba en el mundo llenó sus días de alegría, buen humor y optimismo. Lo mejor del caso era que su hermana estaba más que preparada y a gusto con esta resolución.

Esto ocupaba los pensamientos de Guillermo mientras escuchaba a lo lejos la voz de su consejero real quien le leía con detenimiento todas las actividades a desempeñar ese día.

– La reunión con los representantes de la cámara de comercio deberá ser breve debido a los asuntos emergentes que han surgido en los últimos días. Creo que su majestad debería apremiar a los comerciantes a ser lo más concisos posibles con sus demandas pero a la vez tendría que adoptar una posición un poco más cercana, de interés….quizá si pudiéramos hacer la reunión en la mesa redonda del despacho real causaría una impresión de inclusión y entonces podríamos llegar a un acuerdo mucho más rápido y causar un mejor impacto final. Recuerde siempre mantener sus manos sobre la mesa sin juntarlas y mirar a todos los presentes cuando emita algún comentario. En la situación actual es necesario, su majestad, que tengamos a los gremios de trabajo de nuestro lado y …contentos…ya que…

Y por momentos la voz desaparecía de su mente, como si su cerebro la bloqueara a propósito, como un mecanismo de defensa que no sabía que tenía.  Un asistente le acomodaba el traje en silencio mientras que el príncipe fingía escuchar a su interlocutor.

En las últimas semanas había tenido las mañanas más ocupadas y tediosas de toda su vida. Desde el viaje de sus padres y el relevo temporal de sus funciones, el ir y venir de los asesores reales, sus consejeros y los miembros del senado quienes venían a él con una serie de peticiones, órdenes del día, cronogramas de reuniones y asuntos de suma urgencia… había sido un verdadero balde de agua fría y el detonador de una cascada de inseguridades que se encontraban escondidas en lo más profundo de su ser. Dudas que habían sido aplacadas a lo largo de los años por la certeza de que su hermana se encargaría de todo eso.

Todo esto acerca de su competencia y su valía como monarca habían surgido de la nada, atormentándolo cada noche y al principio de cada reunión o evento en el que tenía que ejercer su poder temporal como rey. Nunca en su vida había tenido que controlar los nervios debido al terror de lo que se avecinaba…ninguna batalla en la que hubiera peleado había sido jamás tan aterradora como sentarse al frente de un montón de personas e intentar que se pusiesen de acuerdo o hacerles entender algún mandato…

¡Cómo extrañaba a su hermana! Y cuánto le faltaba para convertirse en un verdadero monarca.

Respiró profundo una vez y otra vez para disimular el montón de preocupaciones con las que se había levantado. Necesitaba ahuyentarlas, al menos temporalmente, para poder seguir con su largo día. Tenía que actuar de acuerdo a su autoridad o al menos pretender hasta que tuviera un momento de libertad para poder tomar su caballo y escaparse por unas horas de todo.

Asintió a todo lo que le explicaba su paciente consejero que afortunadamente lo conocía de casi toda la vida y percibía su tribulación y hacía de todo para ayudarle. Finalmente le pusieron un espejo al frente para que opinara acerca de su atuendo del día, cosa que le importaba lo menos, y observó la perfección de su apariencia, el aire de autoridad que cada una de las prendas que llevaba tenía… solo su rostro no combinaba con la imagen general.

Si hubiera tenido que compararlo con algo sería una de dos cosas: el rostro de un niño asustado o el de un anciano aburrido de vivir.

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Últimos momentos de la difunta Mariana

El 25 de Septiembre del 2006, en la casa de la familia Perez se vivió uno de los momentos más difíciles que una familia afronta en su camino: la muerte trágica y temprana de una de sus hijas. La casa se llenó de familiares y amigos que, ejerciendo su deber para con los lazos de amor y amistad, quisieron darle el último adiós a la pequeña Mariana.

La urna se encontraba en una mesa de madera frente a la pared de la sala principal de la vivienda, rodeado de grandes y coloridos arreglos florales, fotos de la difunta casi de tamaño real y símbolos de duelo. Delante de él se extendían filas y filas de sillas ocupadas por los allegados de la familia, algunos amigos de la difunta y uno que otro conocido curioso que asistió atraído por la naturaleza de la noticia.

El olor a café recién hecho y las roscas tradicionales perfumaba el ambiente y se podían escuchar una gran variedad de sonidos de acuerdo a qué tan cerca estabas de la muerta, qué relación tuviste con ella y a tu edad.

Por ejemplo, en la primera fila donde estaban sentados sus padres y hermanas se escuchaban sollozos. En las filas de en medio podías escuchar a los tíos, primos y abuelos comentar acerca de lo maravillosa que era su pequeña Mariana y lo mucho que se perdió el mundo ante aquella tragedia irremediable. Más atrás podías entretenerte con anécdotas sinceras, debidamente editadas y por sobretodo, bien intencionadas, de sus amigos, incluso podías escuchar un par de carcajadas mal disimuladas.

Y al final, tratando de que nadie pudiese oírlos se encontraban reunidos sus tres mejores amigos.

Las dos mujeres cuchicheaban para que su amigo pudiera oírlas. Parecían haber llorado todas las lágrimas que hubiesen podido llorar, sin embargo el carácter de la conversación no reflejaba tristeza. El varón parecía no haber llorado una sola lágrima, pero incluso su lenguaje corporal delataba el cansancio de una noche triste.

De un momento  a otro tuvieron que salir porque una de ellas no pudo contener una carcajada y las miradas ofendidas de los presentes los disecaron por completo. Ya en el patio y sin más testigos que los grandes árboles del jardín, Ernesto encendió un cigarrillo y Valentina respiró profundo secándose las lágrimas.

– ¡Lo siento!- exclamó – es que no puedes negar que todo esto ha sido completamente ridículo…

– Lo es, pero ¿puedes controlarte un poco más? De todos modos es un funeral y es irrespetuoso. Además- y aquí Renata bajó el tono de su voz- es prácticamente un tema privado. Un secreto.

Valentina se encogió de hombros y de repente puso cara de asco al oler el humo del tabaco de Ernesto.

– ¿Es enserio?- le preguntó molesta- sabes que soy alérgica. Y sabes que Mariana odiaba que fumes.

– Ella ya no existe- afirmó el muchacho muy tranquilo-

– ¡Dios mío! Aún no lo puedo asimilar del todo. Dejando de lado todo lo que pasó… Mariana se fue.-Renata suspiró con la mirada en algún punto fijo delante de ella.

– Chicos, ¿han pensado cuales habrían sido sus últimos pensamientos antes de…?-Valentina pareció no poder terminar la frase por parecerle extremadamente incómodo imaginar la situación-

Los tres se quedaron en silencio un buen rato mientras más y más personas se agolpaban en la entrada para firmar el libro de condolencias.

De repente Valentina se cubrió la cara para contener la tristeza que le sobrevino el pensamiento, Renata se tocó con fuerza los brazos como intentando abrazarse a sí misma y Ernesto aspiró con fuerza el humo de su cigarrillo.  Todos tenían los pelos de punta, imaginando los últimos pensamientos de su amiga de toda la vida y los tres pintaron un cuadro desolador en aquellos últimos momentos.

Pero ¿realmente fueron tan tristes y desesperanzadores los momentos finales de Mariana?

Los hechos, desconocidos para siempre por todos los mortales que llegaron alguna vez a la vida de aquella mujer, fueron de hecho muy diferentes.

Pero primero el principio.

Sucedió que Mariana, poco antes de cumplir los 25 años, decidió hacer algo diferente el día de su cumpleaños. Movida por un profundo sentimiento de cambio y una oleada de crisis existenciales contrató un servicio de salto en paracaídas. Le pareció que tenía que hacer algo que marcara su entrada a las grandes ligas, al principio del final de su segunda década, al primer cuarto de su vida…

Entonces y casi con las justas, logró reservar un turno para saltar en caída libre aquel día. Lo planeó sola sin embargo se lo dijo a sus tres mejores amigos en el fondo queriendo que alguno de ellos la desalentara y así  poder tener una excusa para no hacerlo y llegar a la pública resolución de que era una locura.

Pero sus amigos, con el ánimo de empujarla a nuevas experiencias para que, la siempre miedosa y reprimida Mariana pudiera probar cosas nuevas, la apoyaron totalmente. Entonces a la susodicha no le quedó más remedio que seguir con el plan.

Quiso hacerlo sola porque afirmó que sería más liberador y personal. Sus amigos estuvieron de acuerdo. Decidió también ocultarlo de sus padres para poder contarles luego y que pudieran ahorrarse la preocupación y ella los molestos sermones que en realidad pudieran haberla librado de aquella experiencia pero, viniendo de sus padres sería opresión y Mariana, siempre rebelde, llevaría con más fuerza la contraria.

En la avioneta se arrepintió mil veces pero ya no habría reembolso ni vuelta atrás. El instructor le informó varias veces y con gran exactitud lo que tenía que hacer y cuándo hacerlo y Mariana lo entendió todo. Y un segundo antes de saltar su mente se llenó con todos los sentimientos  y pensamientos de miedo que puedan existir.

Y saltó.

Fue indescriptible lo que Mariana experimentó en esos momentos en el aire. Su mente se puso en blanco sin embargo sintió que por su cerebro fluían oleadas de paz y pensamientos felices. Luego pensó en todo lo maravilloso de la vida, en lo feliz que realmente era a pesar de siempre afirmarse deprimida o estresada. De repente todos sus problemas dejaron de ser importantes y solo el cielo y el viento en su rostro tuvieron sentido. No hubo nada que la turbara, nada que le aterrara. Por ese minuto en el aire, por ese último minuto en la soledad del cielo fue completa y sinceramente feliz.

Tan feliz que olvidó abrir el paracaídas.

La última vez

Nunca olvidaré esa última tarde que me pidió estar en sus brazos. Al principio no estaba seguro si sería lo mejor, pero me pudo más el sentimiento que la razón, algo que me sorprendió dadas las decisiones que había tomado en las últimas semanas respecto a nuestra relación.

Fue un día maravilloso y aprovechamos cada segundo para disfrutar por última vez de nuestra compañía. Al menos es lo que recuerdo, han pasado casi dos años de aquella “última noche” que se convirtió en todo un fin de semana.

Ahora me pongo a pensar en cuánto debimos extrañarnos pero más que nada, querernos, porque ahora no veo la posibilidad que algo así ocurra. Creo que esta vez si ya no hay vuelta atrás y no habrá reencuentro en un futuro cercano.

Pero el recuerdo que tengo más vívido de esos días fue un momento que se quedó grabado en mi memoria más que los demás, incluso más que el sexo que está demás decir que fue fabuloso…

Estábamos acostados en su sofá cama y estaba atardeciendo. Recuerdo que toda la sala se llenó de una luz naranja que nos pareció muy peculiar. No recuerdo de qué hablábamos pero nos sentíamos tan cómodos hasta que ella me soltó la mano y me dio la espalda. Y el silencio fue terrible, como puñaladas. Callé también, sin saber qué decir pues sabía lo que ella estaba pensando. Y también me puse triste pero no derramé una lágrima, en cambio ella sí y lo estaba ocultando. Se supone que iba a ser el último fin de semana que estuviéramos juntos y debía ser feliz, así habíamos quedado.

Entonces la abracé, era lo único que podía hacer para consolarla. Mis palabras no iban a servir, si había sido yo el que decidió la separación. De pronto ella se giró me dio un beso rápido y secó sus lágrimas. Acto seguido se sentó a horcajadas sobre mi pelvis. Me miró y trató de sonreír a pesar de su nariz roja y sus ojos irritados.

Se veía tan hermosa bañada en la luz naranja que llegaba desde sus tres ventanales descubiertos que casi me retracto y le digo que lo olvidara todo, que me equivoqué y que la vida sin ella me parecía un fiasco. Cosas que con el tiempo y la distancia comprendí  del todo pero que en ese momento eran imposibles de pensar, aunque en el fondo lo deseaba y lo sabía.

Se inclinó y me besó en la frente y nariz, sin decir nada. Luego sentí como mis mejillas estaban húmedas y ella puso su rostro junto a mi oreja, para que no la viera llorar de nuevo.

Te amo— me susurró.

Ahí me di cuenta, por el nudo que sentí en la garganta, que esas lágrimas no eran solo suyas sino también mías. Había empezado a llorar sin pestañar, sin darme cuenta.

La estreché contra mí con todas las fuerzas que me quedaban luego de contener las lágrimas que, rebeldes, fluían sin mi consentimiento.

Yo también te amo— le dije y me sentí una basura. Pero al menos la tenía entre mis brazos, ella tenía que entender el mensaje ¿no?

Tenía que saber que mis palabras no podían expresar lo que sentía por ella, que soy un cobarde y un egoísta por abrazarla y decirle que la amaba pero con la firme y manifiesta intención de dejarla. Ella tenía que entender, adivinar, que me sentía abrumado, que me estaba partiendo en dos pero que no podía estar con ella. Y que no podía explicarlo.

Ella debió entender, de otro modo ¿por qué se quedó allí abrazándome?

¡Dios! no puedo olvidar esa escena. No sé cuánto  nos quedamos así pero fue la última vez que me sentí tan completo en mucho tiempo.  Fue lo mejor de aquella última vez.

Hace un mes

Perder a un ser querido es doloroso y generalmente pasa de repente. Cuando nos damos cuenta estamos parados encima de su tumba deseando haber hecho las cosas de otra manera, haberlo abrazado más, dicho todo lo que lo apreciabas y lo especial que era en tu mundo. La vida nos parece más corta e incierta cuando de repente se nos arrebata a nuestros seres amados.

Es infinitamente peor cuando te das cuenta que pudiste prevenirlo: que ella estaba muriendo un poco cada día y nunca te fijaste en los pedazos que dejaba regados por toda la casa; cuando sientes que no puedes con tu dolor y que nada es peor de lo que estás pasando y no viste, en tu frustración, que le estabas pidiendo una transfusion a alguien que se estaba desangrando.

Todos sufrimos ante la tragedia. Si,  hasta la niña de 12 años escondida tras la puerta de su cuarto, aparentemente ajena a todo, “protegida”. Tratando de no escuchar los reprimidos sollozos de su madre meses antes de quitarse la vida, tratando de no ver a su padre llegar ebrio todos los días luego del fatídico suceso.

Tratando de procesar que el mundo es impredecible.

Hace un mes eran una familia completamente feliz, hace un mes su madre cantaba en la cocina y ella llegaba con su padre del colegio y almorzaban juntos.

Bueno, hace un mes su madre tenia una panza enorme en la que ponía sus manos a la espera de cualquier movimiento inesperado. Hace un mes su padre tenia un trabajo hacia el cual regresar después del almuerzo. Hace 30 dìas ella no sentía ese nudo en la garganta cada vez que se levantaba, cada vez que iba a ver a su madre acostada en la cama mirando al techo, perdida en sus pensamientos. Cada vez que tenía que ver que comia porque ya nadie cocinaba.

Y preguntándose si alguna de sus acciones habría desencadenado la espiral de tristeza que ahora envolvía su hogar, evaluando inconscientemente su desempeño como hija, pensando si de alguna forma ella pudiese haberlo provocado.

 

Casting 4pm

El despertador viejo había sonado varias veces en los últimos treinta minutos pero Natalia seguía mirando con pereza al techo de su habitación. Estaba segura que había ratas en el tejado porque le había costado dormir debido a un chillido suave pero constante.

Su cuarto tenía paredes blancas llenas de dibujos y frases varias, alguno que otro cuadro pintado por la dueña y una única ventana que daba al techo del primer piso. La habitación permanecía casi en penumbras pues la ventana apenas dejaba pasar la luz del sol naciente de la mañana. El desorden era evidente, casi insalubre.

Sabía que tenía que levantarse para ir al colegio. ¡Qué pereza!

Odiaba los Lunes, odiaba el colegio.

Decidió levantarse cuando escuchó el grito/despedida de su madre y el sonido de la puerta principal al cerrarse. Se desperezó aún sentada en la cama y caminó al baño rodeando el pilo de ropa en el suelo.

Se mojó la cara y se lavó los dientes, acto seguido sacó todo el arsenal para comenzar el día: primero se echó limpiador facial, luego tónico, crema hidratante y una capa fina de bloqueador solar. Después se aseguró de cubrir toda la extensión de sus ojeras y las mínimas imperfecciones de su rostro, se colocó delineador, máscara de pestañas y algo de blush para no lucir como un fantasma.

Su cabello negro largo y lacio fue peinado rápidamente y se colocó un cintillo negro para terminar.

Salió del baño desnuda, a pesar de que la ventana no tuviera cortinas pero ser vista no le preocupaba: se consideraba demasiado delgada y sin ningún atractivo digno de ser observado. Se agachó para tomar ropa interior del montón de ropa apilada en una silla junto a la cama y bajó las escaleras en busca de su uniforme.

No le sorprendió no encontrarlo planchado más bien se alegró de que estuviera limpio y tendido. Miró la hora y decidió que no tenía tiempo para plancharlo.

Al entrar a la cocina/comedor encontró al gato sobre el mesón, comiendo las sobras de un pan. Natalia fue directo al refrigerador, con hambre. Pero no había nada más que una jarra con agua y un par de vegetales envejecidos.

Ni se tomó la molestia de buscar más comida. Suspiró al encontrar una manzana y $5 junto a una nota escrita por su madre:

Te dejo el desayuno y dinero para el resto del día. No te olvides que tienes un casting a las 4pm. Es importante que llegues temprano y presentable.

La muchacha arrugó el papel con fastidio.

Genial, pensó. Tendría que faltar al conservatorio y eso quería decir que ese día iba a ser una completa mierda. Pensó no ir al colegio pero desistió pues no sabría cómo matar el tiempo hasta la hora del casting, así que prefirió la forma más conocida y saludable de aburrimiento: las clases en el colegio católico.

Tomó su mochila, en la que metió con prisa una muda de ropa informal,  sus llaves, se despidió del gato y antes de salir miró a la pizarra colgada en medio de la sala. Su madre y sus hermanos estarían ocupados hasta la noche y en el casillero que le correspondía para sus actividades alguien había tachado la palabra “conservatorio” y había escrito debajo “Casting”.

Decidió manifestar su enojo azotando la puerta, también con la esperanza de ahuyentar a las ratas del techo. Se puso los audífonos y le subió el volumen a una canción de rock pesado.

Mientras se alejaba de su casa y se adentraba en el suburbio sucio ignoró las miradas inquisidoras de las vecinas que habían salido a comprar el pan, botar la basura en la calle o dejar a sus hijos en la escuela. Se paró en una esquina 5 cuadras después y esperó el bus urbano con impaciencia y  resignación. Llegaría tarde y oliendo a la humanidad del suburbio pero al menos se alegró de que su uniforme estuviera arrugado de todas maneras.

El bus llegó y ella se subió a pesar de que hace mucho había excedido el número de pasajeros soportable. Retorciéndose logró ubicarse en un espacio diminuto que daba a la ventana. La música resonaba en cada una de sus neuronas y tenía la mente en blanco mientras miraba la transición violenta entre el suburbio y las zonas regeneradas y bonitas de la ciudad.

Todo es música

El sol apenas entraba por los huecos que dejaban las blancas cortinas de la habitación más grande de la casa. Estaba extremadamente ordenada: los libros en un mueble de madera junto a la ventana, perfectamente alineados; el escritorio pulcro y sin un papel encima; el piso brillante y el closet grande y solitario a lado de la puerta del baño. Las paredes celestes estaban llenas de posters de bandas de rock, fotos de paisajes hermosos y de personas familiares.

Pero lo que más llamaba la atención al entrar a la habitación era un cuadro colocado arriba del respaldar de la cama. Retrataba a una mujer  sentada sobre una cama cuya única prenda constituía un violín al que se aferraba como si su vida dependiera de ello y el cual cubría sus partes íntimas con elegancia. Era una mujer muy hermosa, de larga cabellera y de cuerpo esbelto. El fondo del cuadro era oscuro, resaltando la imagen de la mujer y concediéndole un aura de melancolía en el día y de misterio en la noche.

Solo la cama desentonaba la excéntrica armonía de aquella pieza. Las sabanas claras estaban revueltas y formaban un bulto central  que parecía subir y bajar lentamente con un ritmo cadente y regular.

De pronto un sonido agudo rompió la calma de la mañana.

Una mano perezosa tanteó el velador en busca de la fuente del sonido y con una agilidad que solo da la costumbre apagó la alarma del celular  y  en su lugar se oyó un suspiro desesperado.

Otro Lunes en el colegio.

El cuerpo adolescente se levantó mecánicamente y caminó lentamente hacia el baño. Se miró al espejo antes  mientras luchaba por abrir bien los ojos en pestañeos lentos: su cabello caía en rizos enredados y desordenados alrededor de su cabeza, en todas direcciones, tenía ojeras pequeñas pero oscuras bajos sus grandes ojos cansados, la nariz respingada pero brillante, su boca seca y sus labios resecos. Traía puesta una bata que parecía de su tatarabuela la cual escondía el vientre flácido y los muslos débiles de aquella señorita dueña de la habitación. Todo esto hacía de sus mañanas la primera decepción del día.

Se quedó un rato más mirándose, tal vez queriendo encontrar algo nuevo en su apariencia mañanera o quizá porque el espejo estaba pegado a la puerta del baño.
Luego de unos minutos y con un movimiento lento abrió la puerta y procedió a asearse antes de ir al colegio.

Diez minutos cronometrados le tomó a la muchacha salir del baño y su aspecto no había cambiado excepto por dos detalles: su cabello ya no estaba caóticamente dispuesto sobre su cabeza sino que estaba mojado y algo aplastado y estaba envuelta en una gran toalla blanca.

Se puso el uniforme del colegio despacio. La casa estaba en silencio salvo la cocina, su madre ya estaba haciendo el desayuno.

Cuando estuvo vestida, arregló la cama y abrió la ventana. Era la rutina de todos los días ver hacia la otra calle. Como buscando algo, pero no sabía qué.

Se detuvo unos instantes a contemplar  al sol bañar los árboles a lado de la calle, al cielo tornarse azul turquesa, a las personas caminar lentamente por las aceras: unas directo a sus trabajos o universidades, otras ejercitándose y algunas recogiendo el periódico. Dentro de la ciudadela cerrada en que vivía rara vez ocurría algo inusual, pero observar al barrio a través de su ventana era parte de su ritual mañanero.

Dejó las cortinas separadas, atadas a cada lado de la ventana, recogió su mochila del suelo y el estuche del violín y salió del cuarto rumbo a la cocina.
Bajó las escaleras y lanzó su mochila al sofá mientras dejaba delicadamente el estuche del violín a un lado.

Su madre estaba de espaldas preparando el desayuno.

La cocina era pequeña y estaba separada del comedor por un mesón de mármol. Olía bien. La mujer puso la comida en el mesón e inmediatamente fue a saludar a su hija.

– ¡Pero niña!-exclamó la mujer al ver a la muchacha- ¡péinate un poco por lo menos!

La mujer era bajita, de peso  promedio, y el cabello rizado recogido en una cola que dejaba ver su frente blanca y brillante. Fue bonita cuando tenía la edad de la muchacha a la que hoy observaba con preocupación, tanto trabajo y tantas penas fueron marchitando la hermosura de su cuerpo poco a poco.

– Algo me dice que no has usado la crema que te compre ¿verdad?-preguntó con la certeza de saber la respuesta-

La muchacha se quedó en silencio mirándola, tácitamente asintiendo a lo que su madre le decía.

– Siempre me olvido – respondió y se encogió de hombros-

– Siempre me olvido, siempre me olvido-repitió con fastidio- pero de otras cosas si no te olvidas…

La chica, casi cuando su madre pronunció la última palabra, se había ido a sentar y empezó a comer sus desayuno.

– Así se ve bien-opinó antes de meterse un pedazo de pan a la boca-

La mujer solo sacudió la cabeza y abandonó el primer piso.

Mientras comía su tostada con leche, Aurora pensaba en el colegio, en las tareas y en la pereza que tenía de hacer gimnasia hoy que tocaba. También pensó en cómo hacía su madre para que la leche estuviera tan perfectamente tibia, ni muy caliente, ni muy fría, ni al ambiente y en cómo deseaba que se acabase el día para ir al conservatorio.

Terminó de comer y recogió los platos y los puso en el lavabo, justo ahí sintió que unas manos agarraban violentamente su cabello y lo estiraban, lo revolvían, lo peinaban.

– ¡Mamá!-exclamó con dolor-
– ¡Quédate quieta!-ordenó la mujer ahora con el poder de domar a aquella cabellera- No puedo creer que te atrevas a ir así al colegio ¡pareces una pordiosera! de esas que nunca se bañan… ¿No sabes que el cabello y la cara son tu carta de presentación?-le reprendió- ¡Que dirá la gente de ti! ¿Qué impresión causarás, si ni siquiera te has depilado las cejas?…siempre tengo que estar atrás de ti para que te arregles y no andes desaliñada. Yo a tu edad….

Y empezaba la historia de siempre: Yo a tu edad tenía un cuerpazo de modelo, yo a tu edad iba siempre combinada para la calle, yo siempre peinaba mi cabello, yo fui la reina de cada evento  del colegio… Yo fui…

Y eran en esos momentos cuando Aurora se volvía sorda a las palabras de su madre, por unos instantes todo parecía sin sonido, solo sensaciones e imágenes. Estaba cansada de escuchar la misma historia de siempre, ya se la sabía de memoria porque toda su vida se la había contado. Y lo mejor es que no le importaba, estaba pensando en la canción que le dejaron de tarea en el conservatorio.

Y de pronto la música  de un violín llenó la habitación y se transformó en colores, las notas bailaban frente a sus ojos. Ni siquiera sentía ya las manos que luchaban por arreglar su apariencia, solo escuchaba la melodía dulce del violín envolviéndolo todo; su cuerpo, el de su madre, la casa entera, el barrio, la ciudad…

Cuando la mujer terminó su trabajo, Aurora veía como movía sus labios desesperadamente reprendiéndola, pero no podía entender ni una palabra. Solía abstraerse así cuando quería evadir la realidad, y pues, a falta de otra pasión, su cabeza y su mundo físico se llenaban de música.

Y es que tal era su pasión por la música que a todas partes llevaba su violín. Sería muy fácil afirmar que el conservatorio era muy estricto, y ella hacía  eso para, en cualquier momento libre, ponerse a  practicar. Pero sus razones iban un poco más allá: ella vivía la música, para Aurora, ésta se encontraba en todas partes y gustaba de escuchar las melodías cotidianas de la naturaleza, de las personas, incluso del tráfico para inspirarse e intentar componer.

Cuando al fin terminó la melodía dentro de su cabeza su madre la miró con ansiedad.

– ¿Que tienes que decir sobre todo lo que te he dicho Aurora?-le preguntó-

– Que si seguimos así llegaré tarde al colegio-respondió al instante-

Su madre inclinó la cabeza hacia un lado para ver el reloj de pared de la cocina. ¡Era tardísimo!

-¡Tienes razón!-exclamó- Coge tus cosas y vámonos rápido, de lo contrario  no llegamos.

Por arte de magia el discurso había concluido sin mucho esfuerzo. Aurora se puso la mochila y cargó con su preciado violín, mientras su madre revoloteaba por todas partes en busca de la llave del auto.

Al salir el sol estaba justo saliendo de entre dos nubes grises. El invierno caprichoso que no soltaba su llanto aun. Una vez dentro y encendido el carro su madre le dijo sin mirarla:

– Esperarás puntual para que te lleve al conservatorio. Sabes que no tengo tiempo para esperarte.

Arrancó y salió de la ciudadela lo más rápido que pudo.

Aurora fue mirando por la ventana todo el camino queriendo encontrar algo. Aunque seguía sin saber qué.

 

 

Desaparición (fragmento)

El sol estaba en lo más alto del cielo y su calor le azotaba cada parte del cuerpo. Cabalgaba solo, hace rato se había alejado de la tropa desorientada del rey. Todo lo que podía oír era el ruido de los cascos de su caballo que golpeaban la tierra del camino que llevaba hacia la inmensidad del valle lejos de los muros del castillo. Su corcel era uno de los mejores de su padre: grande, musculoso, café como el suelo fértil de los campos y tan bravo como sus ancestros.

No quería oír nada más, ni siquiera sus propios pensamientos.

De hecho eso era lo que menos quería escuchar.

Los gritos de la culpa se escapaban de su cabeza: los sentía en el pecho como un peso y la
sensación viajaba con rapidez hacia sus extremidades, acercándose cada vez más a sus dedos fuertemente aferrados a las riendas.

Sus ojos se fijaban al paisaje, escudriñándolo todo, sin dejar espacio alguno sin revisar.

Pronto entró a un bosquecillo, dio algunas vueltas e instantáneamente sintió la brisa recorrer sus rizos castaños. La culpa había llegado hacia sus dedos y ahora hormigueaban. Seguía mirando cada rincón, buscaba rastros, olía la brisa en busca de cenizas recientes.

Nada.

Había pasado muchas horas ociosas de la niñez jugando en aquella arboleda, por tanto conocía su geografía de memoria, lo que facilitó en parte la exploración. La certeza de que nada se le había escapado no lograba tranquilizarlo, todo lo contrario, lo llenaba de impotencia y frustración. Paradójicamente su rostro lucía sereno, totalmente inexpresivo a pesar del conflicto que bullía en su interior, todo gracias a años de lecciones de etiqueta y protocolo.

Pronto escuchó que alguien le llamaba mas no estaba dispuesto a volver con la tropa aún, no confiaba en la búsqueda de sus soldados, no porque cuestionara su competencia sino porque al no tener la misma motivación que él tal vez habrían dejado pasar alguna pista. Tendría que cabalgar las zonas que les había asignado para estar seguro.

Pero primero debía seguir a su instinto.

Cuando salió del bosque, varios kilómetros después, sintió una punzada de incomodidad. Nunca había llegado tan lejos en sus aventuras infantiles. El calor húmedo y la tierra árida le dieron la bienvenida. Se detuvo un momento para darle un respiro a su corcel y mirar los alrededores.

No había nada que obstaculizara su visión, podía ver la línea del horizonte a lo lejos y la extensión de la planicie arenosa en la que se encontraba. No importaba lo inhóspito del paraje, no pararía hasta la primera mitad de la tarde. Luego de eso se reuniría con la tropa por puro compromiso. Preferiría seguir sólo y habría sido así si no fuera por las órdenes del rey.

Al menos por ahora debía mantenerlo tranquilo. Pero el caballero sabía que no sería por mucho tiempo, su naturaleza rebelde pronto saldría a la superficie, ignorando la educación recibida, faltaba poco para que su paciencia se colmara y empezara a desobedecer.

Siguió cabalgando rumbo a la nada por un rato, en busca de alguna huella, un rastro… Sólo encontró arena siendo barrida por un viento que no refrescaba, pero eso no iba a desanimarlo, había mucho en juego como para rendirse. Tarde o temprano encontraría algo, más temprano que tarde, esperaba, una pista que le llevaría a encontrarla.

Se lo debía a sí mismo.

Y a ella.