Mi caminata

Mi caminata

En el atardecer anterior a mi cumpleaños número 23 decidí emprender una caminata por la playa en la compañía amena de mis pensamientos. Sólo faltaba una hora para que el sol se hundiera en la inmensidad del océano Pacífico y mi plan era llegar hasta el otro extremo de la extensa planicie arenosa.

¿La meta? Una formación rocosa gigantesca llena de árboles y solitaria, enfrentada a la fuerza del golpeteo constante de las olas. Calculo ahora que estaría a unos 3 kilómetros de dónde empecé.

Iba escuchando música, concentrada en cada uno de mis pasos y en las melodías. Mi mente en blanco al principio, luego concentrada en hacerle promesas a mi cuerpo adolorido y cansado para poder llegar a dónde me propuse inicialmente.

El lugar estaba espantosamente desierto, pero no tuve miedo. Yo sólo quería llegar, cumplir una promesa a mi misma, sentir que hacía algo especial por mi día especial, a pesar de que no tuviera tiempo de hacerlo en el día real, según la tradición en la cuál crecí.

Después de lo que me pareció una eternidad, llegué a unos 100 metros de la meta y me senté en la arena para contemplar el atardecer que tanto quería atesorar. No me importó no llegar: no me iba a perder la vista hermosa del sol muriendo en el mar.

Y lo vi refugiarse en las agitadas aguas. Y con la muerte del día 18 y el comienzo del día 19 (de acuerdo a alguna tradición judía) quise que todo comenzara de nuevo. Algo nuevo empezara en mí y se llevara todo lo acontecido los meses anteriores.

Prometí sólo una cosa al atardecer….

Amarme más que a nada en este mundo.

 

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Cansada

Tengo este terrible defecto de pensar siempre bien de todo el mundo. Creer en el contexto de las personas, en las razones del proceder de todos. Que siempre hay un justificativo para cada error que cometen.

Que nadie sano hace algo malo sólo porque quiere ver a las personas que ama heridas.

Ese maldito defecto de estar siempre en el medio y tratar de comprender a todo el mundo. Incluidas las personas que alguna vez me han herido. Y es terrible porque muchas veces soy incapaz de ver objetivamente las situaciones, soy incapaz de simplemente juzgar a alguien por sus actos, y me lastimo mucho porque para mí todos los seres humanos tenemos (o tuvimos)  bondad en el corazón. Soy en extremo empática.

Y es cansado.

Porque muchas veces las situaciones son muy simples y las complico con un millón de explicaciones posibles; un montón de posibles motivaciones ocultas; algún tipo de sufrimiento oculto.

Lo peor es cuando alguien me hiere y lo justifico.

¿Qué clase de persona trata de entender a su agresor?

Lo justifica, lo comprende…

Lo natural sería defenderse, sacar las armas y cargar contra cualquiera que me haga daño o en su defecto, sólo huir o nunca más tratar con ellos.

Pero no, tengo que buscarle la quinta pata al gato y ser comprensiva. No puedo sólo cegarme de rencor y cerrarme en rivalidades eternas. No, tengo que buscar la razón y creer que son ellos los que necesitan mi ayuda.

Creo demasiado en las personas, supongo. Me interesan las historias detrás de ellos. Lo que las mueve, lo que hace que sean como son.

Sin embargo, me hago daño porque dejo que pasen por encima de mí, porque sigo ahí a pesar de las señales de advertencia. Porque muchas veces asumo la culpa de aquellos que me hicieron daño. No sé por qué lo hago, pero recuerdo bien a aquella persona que logró hacer que abriera mis ojos a un mundo de posibilidades donde no todo es blanco o negro.  A veces sólo quiero golpear a esa persona: siento que me arruinó un poco la vida.

Lo he venido pensando desde hace ya tiempo y he observado muchos ejemplos de ello: definitivamente la ignorancia es felicidad.

Carta # 550

No sé cuántas cartas he escrito hasta ahora y sinceramente no me importa.

Hoy no es un día especial: no es Navidad, no empieza un nuevo año, no es tu cumpleaños ni el mío… Es un día como cualquier otro, de hecho hoy ha estado todo muy tranquilo, ninguna novedad, nada fuera de lugar ni siquiera hemos tenido alguna visita.

Sólo estoy sentado detrás del escritorio, como siempre, observando como te mueves desde mi ventana. Lo más cómico es que no haces nada digno de describir: estás sentada a unos 30 metros lejos de mí, indicándole a nuestra hija casi adolescente como deshacer un tejido que le ha salido mal. Lo típico. Nada nuevo en la forma como te inclinas hacia ella, en como acomodas tu cabello para que no te estorbe la visión. No es nueva tu sonrisa, ni las arrugas en torno a tus ojos…

Sin embargo no me canso, no me canso de observarte, como si te viera por primera vez. Es que quiero que se quede grabada tu imagen en mi retina, hasta el día en que deje este mundo, hasta el día triste en que mis ojos ya no sean capaces de mirarte.

Eres perfecta.

Cada pequeña parte de ti.

Cada imperfección que no has ganado con el tiempo, esa que maquillas con magia para que tu juventud no te delate.

¡Ay como me duele mi calidad de mortal en estos momentos!

Como duele saber que no podré tenerte por la eternidad, que un día mi vida desaparecerá de este planeta y no existiré… no existiré más.

Te amo como sólo puede hacerlo alguien que sabe que su tiempo aquí es limitado y que debe disfrutarte todo el tiempo que pueda. Te amo como un loco… en cualquiera de tus formas.

No sé que número de carta sea esta, ya dejé de contar hace tiempo.

Sólo quiero reiterar que nuestra vida no puede ser más aburrida en estos momentos: una casa que gobernar, cuentas que vigilar, dos hijos por guiar y dos adultos por los cuales preocuparse y de los cuáles charlar cada cena. Negocios que hacer crecer, gente con la cual reunirnos y socializar… Nada extraño, nada excitante.

Aún así ¡qué perfecto es todo cuando te miro!

Cuando recuerdo que todas las noches voy a quejarme del mundo con la mujer de mi vida. Aquella por la cual luché tanto. Todo aburrimiento se desvanece cuando en las noches te observo a mi lado.

Eres lo mejor que pudo pasarme en esta vida. Te lo juro y para esta carta ya estarás harta de leerlo. Pero es cierto.

No sé que estarás viviendo en estos momentos. No sé que maravillas tenga el mundo cuando mi vida se haya esfumado. Pero permíteme ser egoísta: no creo que alguien te ame como lo hago yo.

Nadie va a amarte como yo te amo y no porque no merezcas ser amada en tal magnitud sino porque allá en el tiempo en que estarás viviendo todo el mundo está seguramente distraído con todo el fruto de la creación humana. Estoy seguro que nadie se sentará como un idiota, como yo, detrás de su escritorio de madera a mirar hacia la ventana y sólo observar lo que pasa fuera, a observarte hacer nada fuera de lo normal como todas las tardes.

Como te digo siempre al final de cada carta:

¡Vive!  Como si no tuvieras todo el tiempo del mundo.

Tuyo

Mark