Sábado por la noche

Desde el rincón donde se había ido a esconder, Hugo se preguntó una vez más porque había  accedido a ir. No era su tipo de lugar, ni su tipo de música… y no le caía bien a la gente y viceversa, tampoco disfrutaba de beber o bailar, no le veía sentido a la “cacería” de mujeres para divertirse.

Al menos no del tipo que pretendían los hombres corrientes.

Una de las razones por las cuales decidió salir de fiesta era, por ejemplo, no volverse loco en las cuatro paredes de su diminuto apartamento, con esto se evitaba los molestos pensamientos que se supone que aparecen en tu mente cuando estás ocioso.

En otras palabras, había salido de su casa solo para no tener que lidiar con sus deseos de acabar con alguna vida.

Matar, de eso seguramente tendría muchas ganas de haberse quedado en casa. Aunque no es que sus ansías se hubiesen mitigado del todo, pero al menos no podría hacer nada teniendo tantas personas alrededor.

La universidad estaba sembrando una ansiedad constante en él y aquello era preocupante. Su ánimo debía de estar siempre estable, sin muchas bajas ni muchas altas porque en el desbalance está el descontrol y  su descontrol hacía daño.

La otra razón, relacionada mucho a la anterior, era que debía probar cosas nuevas, conocer a sus compañeros, relacionarse de alguna manera. Ya era muy solitario en el día a día, incluso creía que hasta sombrío y aunque eso le daba paz en muchas ocasiones, secretamente también le frustraba.

El compañero con el que había llegado era también un introvertido con deseos de dejar de serlo. Parecía buena persona, algo tonto pero con intenciones positivas.

Nos vamos a divertir le había dicho esta noche consigo algo, seguro.

Le había hablado de lo que había escuchado de aquellas fiestas y que era la oportunidad perfecta para crear recuerdos de los cuáles hablar por los pasillos antes de las clases. Pero Hugo no estaba seguro de ello, pero llegó a la conclusión que si bien la idea de ir no le beneficiaba, tampoco le perjudicaría.

Se dedicó a observar atentamente a la gente y su lenguaje no verbal. Jamás había visto a la gente tan visceral como en ese momento. Bailaban de manera sexual, gesticulaban mucho al hablar groserías y sus risas podrían despertar a media ciudad. Escuchó una conversación a su lado y disecando entre los temas superficiales halló temas interesantes, temas profundos, reales… y cuando creyó que se estaba equivocando, que tal vez se podría entretener con ellos y “crear recuerdos” las palabras se quedaron estancadas en su garganta y algo paralizó sus músculos.

No sabía cómo integrarse a ningún grupo. Se llamó a sí mismo un inepto social y se preguntó seriamente si esa era otra cereza en el cóctel de problemas conductuales que convivían dentro de sí. Envidiaba lo fácil que lo hacían ver todos. Y no fue hasta que Roberto, el compañero con el que había llegado, se le acercó con aliento a alcohol, le ofreció un vaso y le confesó lo feliz que estaba en ese lugar, lo bien que se la estaba pasando y la cantidad de personas que estaba conociendo y lo animó a que fuera con él que lo entendió.  Roberto no había hecho otra cosa que ir a la barra a beber, pasearse cerca de las personas más  “populares”, bailar solo y hacer chistes malos que nadie entendía y de los que nadie se reía. Entonces comprendió la importancia del vaso que  tenía en su mano.

Era el alcohol lo que los unía, el alcohol los hacía menos cobardes, más atrevidos y elocuentes. Por eso parecía tan fácil entrar en conversaciones con gente que en el día a día ni te miraría.

Era el alcohol lo que sostenía a aquella fiesta.

Los sostenía a todos.

Hugo por estar sobrio parecía estarse perdiendo del mejor lugar del mundo.

Se rió en silencio al pensar en la ironía de todo eso. Se encontraban en una época que les permitía ser todo lo libre que quisieran y aun así la única manera de serlo, de ser reales, relajarse y conectar con los otros era encadenándose al alcohol.

No tenía ganas de beber, no iba a hacerlo. Y a pesar que una parte de sí mismo se sintió aliviado al saber que no era el único incómodo, el sentimiento de soledad creció en él haciéndole creer que todos se alejaban, cómo si se estuvieran haciendo más grandes o él más pequeño.

Hizo caso omiso de Roberto y se quedó sentado en su rincón toda la noche, mientras se aseguraba de que no se hiciera daño, desde lejos claro. Al fin y al cabo no era un mal tipo e incluso se había acercado a él intentando que fueran colegas, tenía que darle crédito por eso.

Se sentía invisible y en realidad no pudo discernir si aquello era bueno o malo. Tuvo ganas de irse, pero estaba convencido que lo mejor era quedarse y hacer su buena acción del mes llevando al pobre Roberto a su casa luego de la fiesta.

Lo  que Hugo no sabía era que estaba siendo observado atentamente a través de los lentes de una mujer mientras bebía. Estaba tremendamente intrigada por su presencia en aquel lugar, pero no se atrevía a acercarse. No era su amiga, solo lo había visto en los pasillos antes de las clases. Era fascinante mirar como no hacía nada y sostenía su vaso lleno. Seguramente su bebida ya estaría caliente y asquerosa. Se preguntó porque no la tomaba.

Luego algo le hizo cuestionarse porque ella sí lo hacía.

Se había aburrido en el momento que su mejor amiga se había desaparecido con un chico desconocido. No era de sorprenderse: siempre la invitaba para dejarla sola. Y ella aun era demasiado tímida como para bailar con alguien…Le hacían falta dos o tres vasos más.

Pero no bebió más, en vez de eso, cuando se cansó de mirarlo se sentó en el césped y posteriormente se acostó mirando al cielo sin estrellas. Escuchaba a la gente pasar e incluso comentar por lo bajo lo feo que era ver a la gente emborracharse y hacer el rídiculo, refiriéndose a ella, por supuesto. Pero obviamente estaban equivocados.

Pronto llegó su amiga, sin nada de labial arrastrando a aquel muchacho que parecía estar en otro universo. Su amiga rió y comentó lo buena que estaba la fiesta y que tenía mucha hambre. Que sería mejor que fueran a comer.

Se levantaron y al salir ella lo vio por última vez esa noche y para su sorpresa la miró de vuelta. Una mirada que no la dejó dormir aquella noche.

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El último adiós de Roberto (intento # 500).

Roberto estaba paralizado mirando al mensaje en la pantalla de su computador. Sus manos empezaron a temblar, después todo su cuerpo. Sentía el pecho frío y las mejillas calientes. Pronto saldrían las lágrimas. Tragó el nudo que tenía en la garganta cuando se dio cuenta que ella estaba detrás de él.

No puedo creer que sigas afectándome de esta manera– susurró Roberto volteándose para enfrentarla, cabizbajo, para que no lo viera llorar-

La mujer que tenía delante no poseía una belleza exuberante: era pálida, de cabello negro, lacio y corto, labios carnosos y rosáceos, estatura media y contextura ancha. Sin embargo eran sus ojos café oscuro, profundos y misteriosos, los que le daban cierto atractivo. Se encontraba de pie frente a un visiblemente atormentado Roberto, quien permanecía sentado en la silla de su escritorio frente a ella.

Ya no me conoces ¿sabes?-dijo de repente forzándose a mirar aquellos ojos inquisidores-he cambiado, te guste o no. No puedes venir a decirme qué está bien o mal conmigo y con mis decisiones- su voz parecía a punto de quebrarse, las lágrimas caían por su rostro- ¿Qué pretendes? ¿Qué es lo que quieres de mí?…

¿Por qué sigues apareciendo en mi vida? Nunca te escogí y nunca lo haré. He seguido adelante, he tenido éxito y he fracasado en lo que yo he  querido… No entiendo sinceramente por qué me hiere lo que me digas– hablaba sin pausas por miedo a que si paraba no se atreviera a decir lo que pensaba-No importa cuántas veces me repitas que me amas, no esperes que te lo diga de vuelta y sea sincero. Tú no eres la mujer de mi vida y no existe hilo rojo alguno que justifique tu insistencia.

Te amé en un tiempo que ya no recuerdo… Hoy no te amo y honestamente no sé qué haces aquí – la mujer permanecía casi inmóvil sin apartar la mirada de su ex novio-.

Roberto inhaló y exhaló con fuerza, se llevó las manos a la cara y secó sus lágrimas. Sus ojos  volvieron a mirar el suelo, tenía una guerra en la cabeza que no podía expresar con palabras. Apretó con fuerza los puños  y decidió que de alguna manera tenía que sacar el veneno que lo estaba matando desde dentro.

“Te has convertido en una de las voces enemigas en mi cabeza. Eres esa parte despreciable de mí que aparece cada vez que cometo un error, cuando algo no me sale bien… y me hundes. Sin embargo, como el enfermo que soy a veces te pienso voluntariamente, me preguntó cómo estarás, si todo te está yendo como quieres, si eres feliz… y siempre te deseo lo mejor desde el fondo de mi corazón.

A veces voy más allá y me pongo a pensar en universos alternos dónde sí estamos juntos. Sí, si de algo soy culpable es de fantasear contigo de esa manera, pero siempre llego a la misma conclusión: no soy yo quién está allí siendo feliz a tu lado, es definitivamente otra persona. Una persona que hizo sacrificios, que renunció a sus propias metas, alguien que te ama tanto que se dio al 100%… Y yo por ti nunca lo hice en la vida real y no es que no lo pensara, simplemente pensé más en mí.

Estoy cansado de que cada vez que volvemos a hablar insinúes que voy por el mal camino, que me he convertido en algo oscuro. Porque activas mis inseguridades y recuerdo las tantas veces que me has hecho creer que mi vida es una mentira… Suficiente tengo conmigo y mis miedos.

Este soy yo, bien o mal. Responsable de mis decisiones y autor de mi propia historia. Y aunque no lo creas, sé quién soy, de dónde vengo y lo que me merezco. Ya no necesito de tu supervisión omnipresente.

Finalmente Roberto la miró fijamente a los ojos y sin derramar una lágrima, con una decisión recién nacida le dijo:

– Adiós Natalia, corto el hilo que nos une. Aquél en el que nunca creí.

La sorpresa de la mañana

Eran aproximadamente las 11 de la mañana cuando Sergio abrió con el pie la puerta de su habitación. En sus brazos tenía a su compañera de apartamento-y ex novia-, envuelta en una sábana, profundamente dormida. No le importaba que hubiera escuchado ruido fuera, ni ser consciente que sus amigos estaban despiertos y deambulando por los alrededores, él tenía que devolver a Julia a su habitación mientras estuviera dormida. Era una cuestión de vida o muerte.

 

Ignoró las miradas de sorpresa y enojo de las visitas al salir de su cuarto y entrar al de Julia. Sólo cuando ya la hubo dejado en su propia cama y se hubiese asegurado que aún dormía, se le formó un nudo en el estomago y se atrevió  a salir cerrando la puerta suavemente.

¡Cuánto necesitaba un café!

– Sergio… ¡¿Qué carajo acabo de ver?!- exclamó Gabriela  desde la cocina visiblemente espantada.

Había despertado hacía unas dos horas muerta de hambre y con ella  su novio. Durmieron en un colchón en medio de la sala del departamento de Julia. La noche anterior habían celebrado, comido y bebido hasta muy de madrugada, sin embargo no había fuerza que parara su reloj biológico, tan acostumbrado a su propia rutina mañanera. Estaba en medio de la preparación del desayuno/almuerzo, sirviéndole una taza de café a su amado cuando vio aquella aberración suceder ante sus ojos.

– Necesito un café-suspiró Sergio y se acercó a la cocina arrastrando los pies-

Todos los demás estaban como piedras, incluso Clara, quien siempre parecía tener una explicación para todo se limitó a mirarlo en silencio y con los ojos como platos.

Clara ya estaba despierta desde antes que Gabriela, Alberto la encontró leyendo el periódico entre mantas en el sofá.

– Se han ido juntos esta mañana- le había contado Clara sonriendo a Alberto – Hace mucho que no se escapan los dos solos a disfrutar de un fin de semana en la playa.

-¿Pero así de la nada?-dijo Alberto con asombro- Marco no es de hacer cosas como esas…

– ¡Es cierto!-exclamó Clara- Pero ya sabes el efecto que tiene Regina en él. La verdad es que me alegro mucho por ellos… Julia me ha contado que están pasando por momentos complicados en sus carreras y casi no tienen tiempo para verse- se le salió un suspiro de repente-  Ya quisiera yo tener a alguien con quien complicarme…

– Ya lo hallarás Clara- dijo Alberto mientras estiraba la mano para agarrar la taza de café que le había preparado Gabriela- Gracias am…-y su agradecimiento fue interrumpido por el traslado de un cuerpo durmiente de un cuarto a otro.

– Explicate!-demandó Gabriela-

– Nada pasó – dijo Sergio haciendo una mueca ante el sabor del café- si lo que te preocupa es que nos hayamos acostado… pues no, solo dormimos juntos- hizo una pausa para mirar a su alrededor en busca del tazón del azúcar- Aunque si nos besamos antes… ¡Ouch! ¡Gaby!….-se quejó de dolor ante el golpe de Gabriela con la cuchara de palo-

– Eres un cerdo-le dijo- te aprovechaste que estaba ebria. ¡Claro! Quieres arruinar las cosas ahora que está feliz con alguien más.

Sergio dejó de revolver el café y la miró con fastidio.

– Fue ella la que me besó y ya te dije que nada más pasó. Estaba ebria, estábamos conversando y decidimos que ya era hora de dormir. Yo me estaba metiendo a mi cuarto y ella me siguió, me abrazó y me besó…

– Y tu no la detuviste-respondió Gabriela indignada-

– ¡También estaba ebrio!-se defendió Sergio- Lo último que recuerdo es que nos fuimos a la cama juntos y esta mañana amaneció dormida a mi lado. Te juro que no pasó nada más. No hubiera dejado que pasara nada más, aunque no me creas la respeto.

Alberto despertó del trance de la sorpresa e intentó calmar a su novia que parecía querer caerle encima a su amigo.

– Calma ¿si?-le dijo- lo importante es que Julia está dormida en su cama ahora y con la ayuda de los dioses no se acordará de nada de lo que pasó anoche.

– Ojalá porque si se llega a acordar…-Clara caminó hacia el mesón de la cocina para unirse a la conversación- la conozco, va a sentirse mal y su relación se va a arruinar y no vale la pena…

– Exacto- terminó Sergio- No vale la pena que una relación tan buena como la que tiene se arruine por algo tan sin importancia….-probó su café nuevamente y siguió bebiéndolo satisfecho-.

– Ni una palabra de esto nunca a Julia ¿entendieron?-dijo Gabriela – Eso nunca pasó.

– Como sea-respondió Sergio saliendo de la cocina rumbo a la sala- Todo esto es una tontería.

– ¡Cómo va a pensar que es una tontería!- le susurró Gabriela a su novio- ¡Julia se casa mañana! No podemos permitir que algo como eso lo arruine todo. Ya bastante daño le ha hecho como para que ahora ella se sienta culpable por haberlo besado. Siempre pensé que era una mala idea que siguieran viviendo juntos….

– Bueno, ya pasó, ahora apura esa lasagna que muero de hambre-Alberto le dio un beso en la cabeza y salió de su camino para dejarla cocinar-

Gabriela continuó cocinando, rogando para que Julia no recordara nada.  Clara leyendo unos mails, suspirando para sí ante su inexistente vida amorosa.  Alberto fue a darse una ducha, impaciente por conocer los reales detalles de lo sucedido. Sergio, pensativo bebiendo su café en el balcón.

Ninguno se imaginaba que Julia estaba justo detrás de la puerta de su cuarto, pensando como fingir que no se acordaba de nada, que todo estaba bien y que era la novia más feliz del mundo.

Una noche de tantas.

Estaba en casa al fin, después de tanto quejarse por meses enteros de lo poco que veía a su familia,  allí estaba sana y salva en la comodidad de su hogar.

No tenía que preocuparse por qué comería en la merienda o si tenía que dejar la cocina limpia antes de irse a la cama. Su madre le había proporcionado todos los abrazos que pudo querer en la semana y los comentarios de su padre y hermanos le habían sacado más de una sonrisa en las largas sobremesas.

Pero en ese preciso momento ella quería estar en otro lugar. Si, no habían pasado ni 24 horas y ya quería irse.

Poco tenía que ver con la compañía de sus seres queridos: los amaba tanto como siempre los había amado. Algo en ella sólo quería correr, largarse de allí…

Le faltaba la respiración ahí, acostada en su cama como estaba. Se sentó, se levantó e incluso caminó por la habitación. Nada parecía calmar su ansiedad. Al final se echó al suelo y contempló el blanco techo. Respiraba entrecortadamente.

Dolía, como si la estuvieran apuñalando.

De hecho, sentía tanto dolor que sólo deseaba que algo le cayera encima, que la atropellara un auto, que la partiera un rayo… Quería correr, irse, pero estaba presa en aquellas paredes color cielo.

Presa de la fortaleza que era su casa, presa de su propio cuerpo, de su cerebro que no parecía callarse, que escupía 100 pensamientos pos segundo.

Ni siquiera podía llorar para aliviar la angustia.

Estando allí en el suelo le llegó el sonido de una canción de rock conocida, poco después escuchó las risa de los vecinos y sus invitados. Todos cantaban con una sola voz y chocaban sus vasos, celebraban. Oía la felicidad retumbando en sus paredes, envolviéndola sin tocarla, como si le coqueteara.

Deseó ser parte de aquel grupo… ¡se escuchaban tan felices! Conectando entre ellos, comiendo, bebiendo, sentados (probablemente) escuchando la música que querían…

Y de pronto sólo quiso ser otra, tener otra  vida, otras amistades… Quiso realmente haberse quedado…¡tantas cosas serían diferentes!

Se imaginó por un instante lo que sería no estar dividida en medio de dos mundos, como sería tener una relación amorosa normal, sin distancias molestas, con tiempo para las amistades comunes, con salidas a comer y a beber…¡con personas diferentes y gustos parecidos!

De pronto sintió que se hundía en la cerámica, sintió como el peso del universo entero la aplastara. Otra vez se quedó sin respiración, sentía como si estuviera en el fondo del mar…

Su cerebro iba a mil por hora y parecía que su cabeza estallaría en pedacitos en cualquier momento. Se arrastró hacia la cama y decidió que tendría que dormir: últimamente dormía mucho y soñaba. Y mientras estaba dormida no se angustiaba, todo era paz.

11/2016

Noche de bodas

Abrió la puerta de la habitación en la que dormiríamos esa noche. Entré con cuidado: estaba cansada a pesar de haber dormido un montón de horas durante nuestro viaje y aquel vestido seguía siendo una tortura.

Miré la habitación, era sencilla pero supremamente acogedora. Tenía una cama de madera grande y esponjosa, la puerta para un baño, un clóset y un pequeño escritorio con una silla justo al frente. Estaba oscuro por lo avanzado de la noche, pero lo iluminaba velas pequeñas aromáticas colocadas en sitios estratégicos.

El ambiente era demasiado romántico. Como debería de serlo en la primera noche de bodas.

Pronto caí en cuenta de dónde estaba, con quién estaba y que me esperaba dentro de los próximos minutos. Respiré hondo para disimular mis nervios. Había ido a la guerra, encabezado un ejército entero, había visto hombres morir pero nunca me sentí tan nerviosa como aquella noche.

  • Es hermoso-alcancé a susurrar, verdaderamente admirada por la decoración-

Sentí los brazos de Mark rodeándome la cintura y su barbilla en mi hombro derecho. Sentí cómo aspiraba el aroma de mis cabellos, ya revueltos por el viaje. Me tensé.

  • Lo he mandado a preparar todo. Quiero que todo te parezca perfecto.

Y lo era.

Nunca he sido ni siquiera un poco romántica, es más, jamás pensé en casarme. ¡Ni siquiera en enamorarme! Para mí aquellas cosas eran incomprensibles, pero la habitación lucía tan cómoda, tan familiar. Mark me conocía muy bien.

Me besó el hombro y me tomó de la mano. Entramos del todo y se separó de mí sólo para cerrar la puerta.

¿Qué seguía ahora?

Lo sabía por lo que había leído, por lo que mi nana me había contado, pero no tenía ni idea de que hacer. Ni siquiera sabía cómo sentirme.

Ah pero mi cuerpo si que lo sabía. Mark me miró a los ojos intensamente mientras se acercaba para quedar delante de mí. Me tomó de las manos y me dijo:

  • Estás tan nerviosa como yo antes de una batalla-y eso me hizo sonreír. Me relajé pero no del todo.
  • ¿Y ahora?

Se rió y se acercó más a mí.

  • Te amo Sof, te amo como jamás voy a amar a nadie en este mundo.

Sus ojos brillaban, como cada vez que me lo decía, pero este brillo era ahora más intenso. Vi necesidad en sus ojos, incluso juré que lloraría en algún punto. Lo cierto es que sus ojos eran hermosos. Me concentré en ellos y me hundí.

  • Te amo-susurré con timidez, para que no sonara a mentira, cuando su boca estaba cerca de la mía-

Y me besó, despacio al principio, como siempre. Luego me apretó fuerte contra sí y profundizó el beso.

Si al decirle te amo tuve alguna duda, la olvidé entre sus labios. Jamás me había besado de esa manera. Me necesitaba. Y descubrí que yo a él.

Parecía que mi cuerpo hubiera dejado de obedecerme. Actué automáticamente. Me estremecí en sus brazos cuando sus manos se deslizaron hasta mi espalda baja. Tomamos aire un segundo y continuamos con el apasionado beso.

Nadie, excepto Lucas, me había besado así antes. Aquella corriente eléctrica que recorría mi columna sólo la había sentido cuando me besaba él. Pronto mi mente dejó de estar en blanco y mis pensamientos viajaron hacia Lucas. Y ocurrió.

Me di cuenta que no podía siquiera compararlos. Mi cuerpo estaba en llamas y sólo lo quería más cerca. Deseaba  que Mark continuara. Sus manos rozaron mis brazos y su boca bajó a mi cuello. Exhalé fuertemente cuando aquella corriente me llegó a los muslos.

No podía pensar en Lucas. Sólo existíamos Mark y yo. Entonces cualquier miedo a fracasar aquella noche se disipó. Una alegría enorme me invadió.

¡Podría ser feliz!

No tendría que fingir que sentía lo mismo. En ese preciso instante parecíamos un solo cuerpo. Y cuando Mark me miró a los ojos me llegaron los recuerdos de pronto.

Sus manos desataban los botones ocultos en la parte de atrás de mi vestido. No tenía que hablar, su mirada me gritaba que no sólo me amaba y que era el hombre más feliz del mundo, sino que me deseaba más que nunca.

Yo me perdí en mis pensamientos y recordé cuánto había luchado para que esto no sucediera, cuán mal me había comportado con él y su familia para que no me escogiera. Nunca fingí. Sabía que por cómo era no iban a escogerme. ¿Cómo podría aquel príncipe amar a una muchacha sin gracia, sin habilidades diplomáticas, sin mayor cultura, poco delicada y amante de las armas?.

Pero lo hizo. Se encantó con cada pequeño defecto mío. Cada parte de mí le pareció lo mejor. Jamás fingí y le dejé todo claro. Y esperó y le interesó conocerme en todo aspecto. Y que lo conociera.

De repente sentí la certeza de cuánto lo amaba. Yo que hasta hacia unas horas estaba insegura, sintiendo culpa por no amarlo tan intensamente.  Todos aquellos sentimientos se esfumaron al sentir su boca besando mis hombros desnudos.

Se fue quitando la ropa poco a poco. Yo sólo podía pensar en sus ojos y en sus besos. Quería más contacto.  Me acostó en la cama delicadamente y siguió besándome sobre la ropa interior. Estaba en extásis.

Nada importaba. Sólo eramos él y yo. No había deberes que cumplir, no me sentía obligada. Quería más.

No hubo una noche más feliz que aquella en mi vida.