Quiero llegar a vieja contigo

Quiero llegar a vieja contigo. Que peleemos por quién dejó la puerta abierta. Que durmamos en nuestros lados de la cama ya sin abrazarnos porque hace calor. Quiero que me veas desnuda a los 70 años y ver con diversión como tu amigo intenta levantarse. Que me digas que me veo hermosa y que yo te diga que no es así por millonésima vez.

Que intentemos hacer el amor como lo hacíamos a los 20. Que nos duela el cuerpo y nos rindamos.

Quiero conversar contigo sobre lo mal que va el mundo, y como nuestros hijos nos fastidian con tantas visitas. Quiero viajar de tu mano, besarnos lujuriosamente en algún parque de Europa, tomarnos fotos, comer algo indebido y luego quejarnos de nuestros achaques.

Quisiera pensar que no pasará, pero quisiera extrañarte cuando la muerte te lleve si te vas antes que yo. Quiero recordar nuestra vida y llorar, ver nuestras fotos y morirme de risa. Quiero dormirme todos los días y despertar estando cansada de vivir sin ti, sin tus ronquidos, sin tu mal aliento mañanero.

Quiero hablarle a todos de ti, de lo poco que te veía, de lo mucho que odiabas el aguacate, y de lo mucho que amabas el billar. Quiero  ir a tu tumba y dejarte flores, hablar con la lápida e irme.

Quiero recuerdos de una vida contigo, quiero morirme al final satisfecha, sabiendo que me hiciste feliz y que te hice dichoso, que vivimos lo que debíamos vivir.

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Mi caminata

Mi caminata

En el atardecer anterior a mi cumpleaños número 23 decidí emprender una caminata por la playa en la compañía amena de mis pensamientos. Sólo faltaba una hora para que el sol se hundiera en la inmensidad del océano Pacífico y mi plan era llegar hasta el otro extremo de la extensa planicie arenosa.

¿La meta? Una formación rocosa gigantesca llena de árboles y solitaria, enfrentada a la fuerza del golpeteo constante de las olas. Calculo ahora que estaría a unos 3 kilómetros de dónde empecé.

Iba escuchando música, concentrada en cada uno de mis pasos y en las melodías. Mi mente en blanco al principio, luego concentrada en hacerle promesas a mi cuerpo adolorido y cansado para poder llegar a dónde me propuse inicialmente.

El lugar estaba espantosamente desierto, pero no tuve miedo. Yo sólo quería llegar, cumplir una promesa a mi misma, sentir que hacía algo especial por mi día especial, a pesar de que no tuviera tiempo de hacerlo en el día real, según la tradición en la cuál crecí.

Después de lo que me pareció una eternidad, llegué a unos 100 metros de la meta y me senté en la arena para contemplar el atardecer que tanto quería atesorar. No me importó no llegar: no me iba a perder la vista hermosa del sol muriendo en el mar.

Y lo vi refugiarse en las agitadas aguas. Y con la muerte del día 18 y el comienzo del día 19 (de acuerdo a alguna tradición judía) quise que todo comenzara de nuevo. Algo nuevo empezara en mí y se llevara todo lo acontecido los meses anteriores.

Prometí sólo una cosa al atardecer….

Amarme más que a nada en este mundo.

 

Escoge la vida

 Escoge vivir.

Escoge una meta, un sueño, un pasatiempo.
Permítete ilusionarte y ser desilusionado.
Que te golpeen y levantarte a seguir luchando.
Escoge vivir, no te rindas.

Escoge estar triste y sonreír.
Ganar y perder.
Aferrarte y dejar ir.
Escoge descansar o correr.
Haz algo con tu tiempo.

Decide estar sano.
Escógete y eventualmente escoge a otros.
No estás solo. Y aunque lo estés, no es el fin del mundo.
Decide vivir.

El tiempo es limitado.
No hay cielo o infierno, todo lo que tienes está aquí y ahora.

Decídete por la vida.

Hoy, mañana…siempre.

Nada de lo que te esté pasando en este momento vale tanto como para que te hagas daño. Muchas veces nos encontramos con situaciones en las que parece que no tenemos salida. Pero, ahí está…justo a tu lado sólo que no puedes verla. Mientras haya vida hay caminos, hay cambio, hay soluciones.

Nadie sabe con exactitud qué pasa después de que nuestro cuerpo deja de funcionar. Pero hoy estás despierto. No necesitas ser perfecto sólo ser humano.

La vida no es fácil. Lo sé, el mundo hoy en día es un lugar muy incómodo, pero también muy bello. Escoge ser fuerte, escoge equivocarte. Decide vivir.

 

Las compras de fin de año

Hoy salí con mi familia a hacerlas las compras de fin de año y la vi. No me quedé mirando mucho tiempo, a los pocos segundos moví mis ojos y seguí con la conversación cotidiana con mi mujer. Pero aunque en la superficie supe disimularlo, dentro de mí algo se detuvo.

Ciertamente mi corazón se saltó un latido.

Estaba acompañada de su padre, vestía un vestido corto blanco con un puñado de rosas de colores. Se veía incómoda, como siempre. Se veía hermosa con sus ondas castañas  cayendo por su espalda.

Estábamos en el mismo espacio, después de tantos años de nuestro último encuentro, sin embargo ella no me vio. Al cabo de un rato que me separé de mi esposa pude encontrar ángulos adecuados para observarla detenidamente.

Estaba tal y como en mis más profundos recuerdos: joven y llena de vida, con su caminar acelerado y nervioso, con esas gafas de marco grueso y esa mirada curiosa. Me permití a mí mismo contemplar su belleza sin ser visto.

¡Cómo me emocionó sentirla cerca! Hacía tiempo que no me sentía tan inquieto, tan a la expectativa. La seguí con cuidado por varios minutos, siempre cuidándome de no ser advertido por ella, no quería perturbar su aparente calma mientras comparaba precios metida entre los estantes.

¡Cuántos deseos sentí de abrazarla en aquellos minutos preciosos! De ser parte de su vida… me dejé llevar sólo por esa ocasión y mis sentimientos afloraron por un rato, llenándome de emoción y nostalgia.

La miré hablar con su padre, mirar a las personas con desprecio, como si no quisiera haber salido de casa y encontrarse tan rodeada de desconocidos que bloqueaban su camino. ¡Tan típico de ella!

Siempre tan tímida, siempre corriendo…

Al final se rompió el hechizo y tuve que volver a la realidad que construí sin ella. A mi esposa y a mi hijo que esperaban en algún pasillo. Tuve que volver a encerrar aquellos sentimientos no correspondidos, imposibles. Aquella historia inconclusa y a la vez terminada.

La vi irse con las fundas de la compra, apurada, fastidiada…

¿Me pregunto que habría hecho si me hubiese descubierto?

La conozco tan bien que sé que se hubiera asustado y hubiera caminado hacia el lado opuesto. Sé que se habría emocionado como yo, sin embargo habría apurado aún más el paso para poner tanta distancia como fuera posible de mí.

Incluso me atrevo a pensar que ella también sintió mi presencia. Puedo afirmar que secretamente me evita cada vez que sale de la fortaleza que es su hogar. Es capaz de sentirme como yo la siento, estoy seguro.

Pero nada de eso importa.

La vida nos reunió una vez y todo se enredó de tal manera que yo terminé casado y ella a cientos de kilómetros.

Me digo a mi mismo que nada hubiera ocurrido diferente, que simplemente no se pudo en esta vida.

Al final me marché del lugar cargado de compras y con una falsa expresión de molestia. Mi esposa sabe cuánto odio las compras en las festividades, sin embargo dentro de mí una sonrisa luchaba por salir a la luz.

La vi hoy después de tantos años y eso le gana a cualquier disgusto de fin de año.

La vi con su vestido de flores y su caminar acelerado y juro que en alguna parte de su mente ella me vio también.

 

Perfección

En la época en que estamos viviendo todo es demasiado demandante. Quiero decir ¿por qué estamos buscando siempre la perfección? En el físico, en la académico, en lo espiritual, en lo material… Es cansado y desgasta mucho.

¿Por qué nos atormentamos tanto cuando nos damos cuenta que en realidad somos seres terriblemente imperfectos?

¿Es acaso mediocridad el aceptar que vamos a fallar, que no siempre vamos a dar el 100% de nuestra capacidad?

Somos seres cambiantes, cada día aprendemos algo nuevo (seamos conscientes o no de ello) no podemos controlar la totalidad de nuestros pensamientos, miedos, compulsiones y obsesiones… es natural que cometamos errores, ¿por qué es tan difícil de comprender?

Muchas veces mi mente no está al mismo ritmo que mi cuerpo. No sé explicarlo bien pero hay algún tipo de desconexión entre la parte de mi cerebro que crea ideas, planea tareas y piensa proyectos y la parte ejecutora. Simplemente la primera va a la velocidad de la luz muchas veces y no puedo seguirle el ritmo. Es como si dentro de mí hubiera una mujer altamente productiva, activa y en control y en el otro extremo una lenta, poco motivada y perezosa… ¡Y eso puede ser muy frustrante!

Porque me ataco cuando no alcanzo sus altas expectativas, no puedo concebir el hecho de no dar todo de mí, inconscientemente aborrezco el fracaso.

Y comienza el círculo vicioso de miseria, en el cual soy más improductiva aún: aquí es cuando afianzo esos pensamientos fantasmas de inutilidad que se esconden en algún rincón de mi cerebro.

Pero es que ¡voy a fallar!. Voy a ser perezosa, voy a sentarme una tarde a simplemente perder el tiempo y descansar…Va a pasar y si lo sé ¿por qué sigue molestándome?

Quiero echarle la culpa a las redes sociales, que convierten a las personas en muñecos perfectos y felices que comparten con el mundo la infinita buena suerte y éxito que les acompaña. A los padres, por sus abrumadoras expectativas de éxito para todos nosotros. A la sociedad, que sigue prefiriendo “lo bonito”, “lo más comercial”, “lo que gusta a todo el mundo”… Y podría seguir, pero prefiero sentarme un rato y reflexionar…

Es hora de hacer un pacto entre estas dos entidades en conflicto: la hiperactiva y la perezosa, una especie de acuerdo en el que se me permite algún margen de error. En la que no tenga que ser parte de aquellos que creen que el fracaso no es aceptable, que no sirve para nada. Algo que me ayude a verme más como el ser ridículamente imperfecto que soy y que eso está bien y seguir adelante.

Cansada

Tengo este terrible defecto de pensar siempre bien de todo el mundo. Creer en el contexto de las personas, en las razones del proceder de todos. Que siempre hay un justificativo para cada error que cometen.

Que nadie sano hace algo malo sólo porque quiere ver a las personas que ama heridas.

Ese maldito defecto de estar siempre en el medio y tratar de comprender a todo el mundo. Incluidas las personas que alguna vez me han herido. Y es terrible porque muchas veces soy incapaz de ver objetivamente las situaciones, soy incapaz de simplemente juzgar a alguien por sus actos, y me lastimo mucho porque para mí todos los seres humanos tenemos (o tuvimos)  bondad en el corazón. Soy en extremo empática.

Y es cansado.

Porque muchas veces las situaciones son muy simples y las complico con un millón de explicaciones posibles; un montón de posibles motivaciones ocultas; algún tipo de sufrimiento oculto.

Lo peor es cuando alguien me hiere y lo justifico.

¿Qué clase de persona trata de entender a su agresor?

Lo justifica, lo comprende…

Lo natural sería defenderse, sacar las armas y cargar contra cualquiera que me haga daño o en su defecto, sólo huir o nunca más tratar con ellos.

Pero no, tengo que buscarle la quinta pata al gato y ser comprensiva. No puedo sólo cegarme de rencor y cerrarme en rivalidades eternas. No, tengo que buscar la razón y creer que son ellos los que necesitan mi ayuda.

Creo demasiado en las personas, supongo. Me interesan las historias detrás de ellos. Lo que las mueve, lo que hace que sean como son.

Sin embargo, me hago daño porque dejo que pasen por encima de mí, porque sigo ahí a pesar de las señales de advertencia. Porque muchas veces asumo la culpa de aquellos que me hicieron daño. No sé por qué lo hago, pero recuerdo bien a aquella persona que logró hacer que abriera mis ojos a un mundo de posibilidades donde no todo es blanco o negro.  A veces sólo quiero golpear a esa persona: siento que me arruinó un poco la vida.

Lo he venido pensando desde hace ya tiempo y he observado muchos ejemplos de ello: definitivamente la ignorancia es felicidad.

María feliz.

Estábamos comiendo los tres: María se disculpó por el reducido espacio de su apartamento y Marissa  y yo la tranquilizamos.

  • A mí me parece acogedor- opiné sinceramente-

Cambiamos el tema y la conversación siguió hasta el atardecer. Descontamos muy bien todos los meses de ausencia. Es decir, yo iba cada semana (por lo menos) a casa de María a cenar, pero a mi novia no la veía desde el inicio de las vacaciones de invierno.

Mientras María le relataba con gran detalle todas las actividades que se le venían en la semana  yo me sentía al fin en casa. Al término del discurso, y como es ya su costumbre, María se estiró con energía y una enorme sonrisa adornó su rostro.

  • Y eso es lo que hay, hermana mía-exclamó- No te imaginas lo mucho que me alegro de verte la cara. Ya sabes, a mí eso de chatear contigo no me gusta.

Marissa sonrió y extendió delicadamente sus manos hacia las de María y las tomó.

  • Yo también estoy encantada, preciosa. Sé que no habíamos podido hablar mucho en todos estos meses y creéme que te he extrañado un montón. Ahora, quiero hacerte la pregunta de rigor- y vi su rostro serenarse un momento- ¿Eres feliz?

Desde que la conocí desarrollé la costumbre de estar alerta siempre a las expresiones de su rostro y predecir, adivinar, cuasi leer sus pensamientos. Como al principio sus palabras eran tan escasas para mi persona (o para cualquier ser humano común) ésa fue mi estrategia, pero en ese momento no vi venir la pregunta. No parecía lógica dada la sonrisota en la siempre seria y grave cara de María. Además el momento me era tan delicioso que simplemente estaba distraído.

Mi mirada se posó en mi amiga.

  • NUNCA y anótenlo en sus pequeñas y ocupadas agendas, NUNCA en esta vida me había sentido tan FELIZ- nos miró a ambos con ojos chispeantes- Jamás algo que no fueran drogas o un hombre me había hecho tan dichosa…

Sonreí contagiado por el ánimo de María. Sólo una cosa en este mundo me hacía más feliz que verla sonreír: ver sonreír a Marissa. Miré la sutil sonrisa de mi amada y supe que había algo detrás de la pregunta. Como siempre.

  • ¡Qué bien! ¡Qué bien, María!-dijo y apretó las manos de María entre las suyas–

Se miraron por un segundo y Marissa continuó.

  • Pero ten cuidado –le soltó las manos con delicadeza, juntó las suyas y entrelazó sus dedos- La felicidad es un conjunto de momentos no necesariamente continuos. Hoy sientes que vuelas, que literalmente flotas y que nada te puede alcanzar. Pero ojo- hizo una pausa y su mirada se volvió impenetrable- sabes que ese viaje no durará por siempre.

María y yo escuchábamos atentamente, es por eso que no vi la expresión de su rostro.

  • … En este camino hay situaciones que te van a dejar por los suelos, y lo sabes bien María. Sólo quiero que mantengas los pies en la tierra siempre y, si alguna vez el hechizo se rompe, aquí estaremos – y me extendió una mano a mí y otra a ella- para ayudarte a cargar ese peso…

María asintió emocionadísima, pero aunque esos ojos que había visto desde la escuela primaria se llenaron de lágrimas, ni una sola tocó su rostro.

Continuamos charlando una hora más y nos despedimos. Al regresar al bloque de habitaciones del campus universitario dónde se quedaba Marissa, nos detuvimos bajo el viejo cascol, repentinamente en silencio.

  • ¿Sabes? –comencé la pregunta que me taladró la cabeza todo el trayecto- Me dejó pensando eso que le dijiste a María sobre la felicidad…

Ella me miró con sincera interrogación.

  • ¿Qué pasa con eso?- dijo-

Estábamos uno frente al otro, tomados de las manos. Habíamos estado charlando mucho rato de trivialidades sobre el nuevo semestre y se iba a despedir cuando yo lancé la pregunta.

  • ¿Cuántas veces te has sentido así, en ese estado de miseria luego de un vuelo de felicidad?- miré sus ojos brillando con la luz de la lámpara del callejón-

Se hizo un silencio breve y ella bajó la cabeza y dirigió su mirada al pasado.

  • Unas cuantas veces-admitió con seriedad- pero, ya sabes, cada uno vive su miseria individual: la mía era esa ansiedad que me daban las relaciones interpersonales- volvió a mirarme, esta vez divertida y sonrió- Ansiedad que me quitaron ustedes. Miedo que apartaste al final tú…-su sonrisa me quitó el aliento-.

Sonreí aliviado. No quería saber que ella estaba siendo miserable o que realmente hubiera algo fuerte en su pasado que no me había confesado. La miraba pensando en cuánto la amaba cuando me sorprendió con un beso. Segunda cosa que no vi venir.

Amo cuando lo hace. Cuando sin darme tiempo a predecir su nuevo movimiento me sorprende.