Cansada

Tengo este terrible defecto de pensar siempre bien de todo el mundo. Creer en el contexto de las personas, en las razones del proceder de todos. Que siempre hay un justificativo para cada error que cometen.

Que nadie sano hace algo malo sólo porque quiere ver a las personas que ama heridas.

Ese maldito defecto de estar siempre en el medio y tratar de comprender a todo el mundo. Incluidas las personas que alguna vez me han herido. Y es terrible porque muchas veces soy incapaz de ver objetivamente las situaciones, soy incapaz de simplemente juzgar a alguien por sus actos, y me lastimo mucho porque para mí todos los seres humanos tenemos (o tuvimos)  bondad en el corazón. Soy en extremo empática.

Y es cansado.

Porque muchas veces las situaciones son muy simples y las complico con un millón de explicaciones posibles; un montón de posibles motivaciones ocultas; algún tipo de sufrimiento oculto.

Lo peor es cuando alguien me hiere y lo justifico.

¿Qué clase de persona trata de entender a su agresor?

Lo justifica, lo comprende…

Lo natural sería defenderse, sacar las armas y cargar contra cualquiera que me haga daño o en su defecto, sólo huir o nunca más tratar con ellos.

Pero no, tengo que buscarle la quinta pata al gato y ser comprensiva. No puedo sólo cegarme de rencor y cerrarme en rivalidades eternas. No, tengo que buscar la razón y creer que son ellos los que necesitan mi ayuda.

Creo demasiado en las personas, supongo. Me interesan las historias detrás de ellos. Lo que las mueve, lo que hace que sean como son.

Sin embargo, me hago daño porque dejo que pasen por encima de mí, porque sigo ahí a pesar de las señales de advertencia. Porque muchas veces asumo la culpa de aquellos que me hicieron daño. No sé por qué lo hago, pero recuerdo bien a aquella persona que logró hacer que abriera mis ojos a un mundo de posibilidades donde no todo es blanco o negro.  A veces sólo quiero golpear a esa persona: siento que me arruinó un poco la vida.

Lo he venido pensando desde hace ya tiempo y he observado muchos ejemplos de ello: definitivamente la ignorancia es felicidad.

María feliz.

Estábamos comiendo los tres: María se disculpó por el reducido espacio de su apartamento y Marissa  y yo la tranquilizamos.

  • A mí me parece acogedor- opiné sinceramente-

Cambiamos el tema y la conversación siguió hasta el atardecer. Descontamos muy bien todos los meses de ausencia. Es decir, yo iba cada semana (por lo menos) a casa de María a cenar, pero a mi novia no la veía desde el inicio de las vacaciones de invierno.

Mientras María le relataba con gran detalle todas las actividades que se le venían en la semana  yo me sentía al fin en casa. Al término del discurso, y como es ya su costumbre, María se estiró con energía y una enorme sonrisa adornó su rostro.

  • Y eso es lo que hay, hermana mía-exclamó- No te imaginas lo mucho que me alegro de verte la cara. Ya sabes, a mí eso de chatear contigo no me gusta.

Marissa sonrió y extendió delicadamente sus manos hacia las de María y las tomó.

  • Yo también estoy encantada, preciosa. Sé que no habíamos podido hablar mucho en todos estos meses y creéme que te he extrañado un montón. Ahora, quiero hacerte la pregunta de rigor- y vi su rostro serenarse un momento- ¿Eres feliz?

Desde que la conocí desarrollé la costumbre de estar alerta siempre a las expresiones de su rostro y predecir, adivinar, cuasi leer sus pensamientos. Como al principio sus palabras eran tan escasas para mi persona (o para cualquier ser humano común) ésa fue mi estrategia, pero en ese momento no vi venir la pregunta. No parecía lógica dada la sonrisota en la siempre seria y grave cara de María. Además el momento me era tan delicioso que simplemente estaba distraído.

Mi mirada se posó en mi amiga.

  • NUNCA y anótenlo en sus pequeñas y ocupadas agendas, NUNCA en esta vida me había sentido tan FELIZ- nos miró a ambos con ojos chispeantes- Jamás algo que no fueran drogas o un hombre me había hecho tan dichosa…

Sonreí contagiado por el ánimo de María. Sólo una cosa en este mundo me hacía más feliz que verla sonreír: ver sonreír a Marissa. Miré la sutil sonrisa de mi amada y supe que había algo detrás de la pregunta. Como siempre.

  • ¡Qué bien! ¡Qué bien, María!-dijo y apretó las manos de María entre las suyas–

Se miraron por un segundo y Marissa continuó.

  • Pero ten cuidado –le soltó las manos con delicadeza, juntó las suyas y entrelazó sus dedos- La felicidad es un conjunto de momentos no necesariamente continuos. Hoy sientes que vuelas, que literalmente flotas y que nada te puede alcanzar. Pero ojo- hizo una pausa y su mirada se volvió impenetrable- sabes que ese viaje no durará por siempre.

María y yo escuchábamos atentamente, es por eso que no vi la expresión de su rostro.

  • … En este camino hay situaciones que te van a dejar por los suelos, y lo sabes bien María. Sólo quiero que mantengas los pies en la tierra siempre y, si alguna vez el hechizo se rompe, aquí estaremos – y me extendió una mano a mí y otra a ella- para ayudarte a cargar ese peso…

María asintió emocionadísima, pero aunque esos ojos que había visto desde la escuela primaria se llenaron de lágrimas, ni una sola tocó su rostro.

Continuamos charlando una hora más y nos despedimos. Al regresar al bloque de habitaciones del campus universitario dónde se quedaba Marissa, nos detuvimos bajo el viejo cascol, repentinamente en silencio.

  • ¿Sabes? –comencé la pregunta que me taladró la cabeza todo el trayecto- Me dejó pensando eso que le dijiste a María sobre la felicidad…

Ella me miró con sincera interrogación.

  • ¿Qué pasa con eso?- dijo-

Estábamos uno frente al otro, tomados de las manos. Habíamos estado charlando mucho rato de trivialidades sobre el nuevo semestre y se iba a despedir cuando yo lancé la pregunta.

  • ¿Cuántas veces te has sentido así, en ese estado de miseria luego de un vuelo de felicidad?- miré sus ojos brillando con la luz de la lámpara del callejón-

Se hizo un silencio breve y ella bajó la cabeza y dirigió su mirada al pasado.

  • Unas cuantas veces-admitió con seriedad- pero, ya sabes, cada uno vive su miseria individual: la mía era esa ansiedad que me daban las relaciones interpersonales- volvió a mirarme, esta vez divertida y sonrió- Ansiedad que me quitaron ustedes. Miedo que apartaste al final tú…-su sonrisa me quitó el aliento-.

Sonreí aliviado. No quería saber que ella estaba siendo miserable o que realmente hubiera algo fuerte en su pasado que no me había confesado. La miraba pensando en cuánto la amaba cuando me sorprendió con un beso. Segunda cosa que no vi venir.

Amo cuando lo hace. Cuando sin darme tiempo a predecir su nuevo movimiento me sorprende.

Carta # 550

No sé cuántas cartas he escrito hasta ahora y sinceramente no me importa.

Hoy no es un día especial: no es Navidad, no empieza un nuevo año, no es tu cumpleaños ni el mío… Es un día como cualquier otro, de hecho hoy ha estado todo muy tranquilo, ninguna novedad, nada fuera de lugar ni siquiera hemos tenido alguna visita.

Sólo estoy sentado detrás del escritorio, como siempre, observando como te mueves desde mi ventana. Lo más cómico es que no haces nada digno de describir: estás sentada a unos 30 metros lejos de mí, indicándole a nuestra hija casi adolescente como deshacer un tejido que le ha salido mal. Lo típico. Nada nuevo en la forma como te inclinas hacia ella, en como acomodas tu cabello para que no te estorbe la visión. No es nueva tu sonrisa, ni las arrugas en torno a tus ojos…

Sin embargo no me canso, no me canso de observarte, como si te viera por primera vez. Es que quiero que se quede grabada tu imagen en mi retina, hasta el día en que deje este mundo, hasta el día triste en que mis ojos ya no sean capaces de mirarte.

Eres perfecta.

Cada pequeña parte de ti.

Cada imperfección que no has ganado con el tiempo, esa que maquillas con magia para que tu juventud no te delate.

¡Ay como me duele mi calidad de mortal en estos momentos!

Como duele saber que no podré tenerte por la eternidad, que un día mi vida desaparecerá de este planeta y no existiré… no existiré más.

Te amo como sólo puede hacerlo alguien que sabe que su tiempo aquí es limitado y que debe disfrutarte todo el tiempo que pueda. Te amo como un loco… en cualquiera de tus formas.

No sé que número de carta sea esta, ya dejé de contar hace tiempo.

Sólo quiero reiterar que nuestra vida no puede ser más aburrida en estos momentos: una casa que gobernar, cuentas que vigilar, dos hijos por guiar y dos adultos por los cuales preocuparse y de los cuáles charlar cada cena. Negocios que hacer crecer, gente con la cual reunirnos y socializar… Nada extraño, nada excitante.

Aún así ¡qué perfecto es todo cuando te miro!

Cuando recuerdo que todas las noches voy a quejarme del mundo con la mujer de mi vida. Aquella por la cual luché tanto. Todo aburrimiento se desvanece cuando en las noches te observo a mi lado.

Eres lo mejor que pudo pasarme en esta vida. Te lo juro y para esta carta ya estarás harta de leerlo. Pero es cierto.

No sé que estarás viviendo en estos momentos. No sé que maravillas tenga el mundo cuando mi vida se haya esfumado. Pero permíteme ser egoísta: no creo que alguien te ame como lo hago yo.

Nadie va a amarte como yo te amo y no porque no merezcas ser amada en tal magnitud sino porque allá en el tiempo en que estarás viviendo todo el mundo está seguramente distraído con todo el fruto de la creación humana. Estoy seguro que nadie se sentará como un idiota, como yo, detrás de su escritorio de madera a mirar hacia la ventana y sólo observar lo que pasa fuera, a observarte hacer nada fuera de lo normal como todas las tardes.

Como te digo siempre al final de cada carta:

¡Vive!  Como si no tuvieras todo el tiempo del mundo.

Tuyo

Mark

Noche de bodas

Abrió la puerta de la habitación en la que dormiríamos esa noche. Entré con cuidado: estaba cansada a pesar de haber dormido un montón de horas durante nuestro viaje y aquel vestido seguía siendo una tortura.

Miré la habitación, era sencilla pero supremamente acogedora. Tenía una cama de madera grande y esponjosa, la puerta para un baño, un clóset y un pequeño escritorio con una silla justo al frente. Estaba oscuro por lo avanzado de la noche, pero lo iluminaba velas pequeñas aromáticas colocadas en sitios estratégicos.

El ambiente era demasiado romántico. Como debería de serlo en la primera noche de bodas.

Pronto caí en cuenta de dónde estaba, con quién estaba y que me esperaba dentro de los próximos minutos. Respiré hondo para disimular mis nervios. Había ido a la guerra, encabezado un ejército entero, había visto hombres morir pero nunca me sentí tan nerviosa como aquella noche.

  • Es hermoso-alcancé a susurrar, verdaderamente admirada por la decoración-

Sentí los brazos de Mark rodeándome la cintura y su barbilla en mi hombro derecho. Sentí cómo aspiraba el aroma de mis cabellos, ya revueltos por el viaje. Me tensé.

  • Lo he mandado a preparar todo. Quiero que todo te parezca perfecto.

Y lo era.

Nunca he sido ni siquiera un poco romántica, es más, jamás pensé en casarme. ¡Ni siquiera en enamorarme! Para mí aquellas cosas eran incomprensibles, pero la habitación lucía tan cómoda, tan familiar. Mark me conocía muy bien.

Me besó el hombro y me tomó de la mano. Entramos del todo y se separó de mí sólo para cerrar la puerta.

¿Qué seguía ahora?

Lo sabía por lo que había leído, por lo que mi nana me había contado, pero no tenía ni idea de que hacer. Ni siquiera sabía cómo sentirme.

Ah pero mi cuerpo si que lo sabía. Mark me miró a los ojos intensamente mientras se acercaba para quedar delante de mí. Me tomó de las manos y me dijo:

  • Estás tan nerviosa como yo antes de una batalla-y eso me hizo sonreír. Me relajé pero no del todo.
  • ¿Y ahora?

Se rió y se acercó más a mí.

  • Te amo Sof, te amo como jamás voy a amar a nadie en este mundo.

Sus ojos brillaban, como cada vez que me lo decía, pero este brillo era ahora más intenso. Vi necesidad en sus ojos, incluso juré que lloraría en algún punto. Lo cierto es que sus ojos eran hermosos. Me concentré en ellos y me hundí.

  • Te amo-susurré con timidez, para que no sonara a mentira, cuando su boca estaba cerca de la mía-

Y me besó, despacio al principio, como siempre. Luego me apretó fuerte contra sí y profundizó el beso.

Si al decirle te amo tuve alguna duda, la olvidé entre sus labios. Jamás me había besado de esa manera. Me necesitaba. Y descubrí que yo a él.

Parecía que mi cuerpo hubiera dejado de obedecerme. Actué automáticamente. Me estremecí en sus brazos cuando sus manos se deslizaron hasta mi espalda baja. Tomamos aire un segundo y continuamos con el apasionado beso.

Nadie, excepto Lucas, me había besado así antes. Aquella corriente eléctrica que recorría mi columna sólo la había sentido cuando me besaba él. Pronto mi mente dejó de estar en blanco y mis pensamientos viajaron hacia Lucas. Y ocurrió.

Me di cuenta que no podía siquiera compararlos. Mi cuerpo estaba en llamas y sólo lo quería más cerca. Deseaba  que Mark continuara. Sus manos rozaron mis brazos y su boca bajó a mi cuello. Exhalé fuertemente cuando aquella corriente me llegó a los muslos.

No podía pensar en Lucas. Sólo existíamos Mark y yo. Entonces cualquier miedo a fracasar aquella noche se disipó. Una alegría enorme me invadió.

¡Podría ser feliz!

No tendría que fingir que sentía lo mismo. En ese preciso instante parecíamos un solo cuerpo. Y cuando Mark me miró a los ojos me llegaron los recuerdos de pronto.

Sus manos desataban los botones ocultos en la parte de atrás de mi vestido. No tenía que hablar, su mirada me gritaba que no sólo me amaba y que era el hombre más feliz del mundo, sino que me deseaba más que nunca.

Yo me perdí en mis pensamientos y recordé cuánto había luchado para que esto no sucediera, cuán mal me había comportado con él y su familia para que no me escogiera. Nunca fingí. Sabía que por cómo era no iban a escogerme. ¿Cómo podría aquel príncipe amar a una muchacha sin gracia, sin habilidades diplomáticas, sin mayor cultura, poco delicada y amante de las armas?.

Pero lo hizo. Se encantó con cada pequeño defecto mío. Cada parte de mí le pareció lo mejor. Jamás fingí y le dejé todo claro. Y esperó y le interesó conocerme en todo aspecto. Y que lo conociera.

De repente sentí la certeza de cuánto lo amaba. Yo que hasta hacia unas horas estaba insegura, sintiendo culpa por no amarlo tan intensamente.  Todos aquellos sentimientos se esfumaron al sentir su boca besando mis hombros desnudos.

Se fue quitando la ropa poco a poco. Yo sólo podía pensar en sus ojos y en sus besos. Quería más contacto.  Me acostó en la cama delicadamente y siguió besándome sobre la ropa interior. Estaba en extásis.

Nada importaba. Sólo eramos él y yo. No había deberes que cumplir, no me sentía obligada. Quería más.

No hubo una noche más feliz que aquella en mi vida.

Una reflexión apróposito de una muerte inesperada

La vida es corta, pero sobretodo, impredecible.

No podemos saber hasta donde somos capaces de llegar, no hay manera de predecir el final. Y es triste porque pasamos muchas veces por la vida  sin pensarlo. Inconscientes por completo del tiempo, nos perdemos en pequeñeces sin importancia, nos agobiamos por el pasado  y le tenemos tanto miedo al futuro. No nos damos cuenta que desperdiciamos las horas discutiendo, odiando, enojándonos, sufriendo.

Sólo cuando estamos al borde, cuando miramos hacia la muerte empezamos a valorarlo todo, a replantearnos la vida, a deprimirnos…

Y mirar desde afuera a un posible cadáver te hace reflexionar por un momento. De repente pareces vulnerable. Empiezas a buscar fe.

Comienza la cuenta regresiva.

Luego viene el golpe, sin avisar, de la hoz.

En ese momento todo pierde sentido y a la vez todo es real…y ¡cómo duele!

Pero el tiempo pasa, los vivos entierran a sus muertos y la vida sigue su camino cuesta abajo.

Maoli Fuser